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El haiku de las palabras perdidas

 05/04/2026


El haiku de las palabras perdidas es la tercera novela de Andrés Pascual, quien acabó cerrando su despacho como abogado para dedicarse a su auténtica pasión, la escritura.

Esta obra se publicó por primera vez en 2011 en una edición de tapa dura de la mano de PLAZA & JANÉS. A partir de 2013 ha conocido varias versiones en bolsillo, en un formato de 544 páginas que puede conseguirse hoy por 14,95€.

 

¿De qué trata?:

Nagasaki, agosto de 1945. Kazuo, un muchacho occidental afincado en Japón, y Junko, la bella hija de una diseñadora de arreglos florales, han acordado encontrarse en una colina para sellar su amor adolescente con un haiku que encierra una verdad sobre su relación. Minutos antes de su cita, la bomba atómica convierte la ciudad en el peor de los infiernos.

Tokio, febrero de 2011. Emilian Zäch, un arquitecto suizo, asesor de Naciones Unidas y defensor de la energía nuclear, cuya vida está desmoronándose, conoce a una galerista de arte japonesa obsesionada con un secreto familiar que acaba arrastrándolo.

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes): 

La sensibilidad y el dolor que emanan de este libro son abrumadores y me han causado tal impresión que estoy convencida de que esta historia se quedará conmigo para siempre.

Mi atracción por Japón me ha acompañado prácticamente toda la vida y lo que sucedió en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 me parece uno de los episodios más oscuros, dramáticos y salvajes de la historia de la humanidad. Ni mi mente racional ni mi espíritu han sido nunca capaces de asimilar que una nación se atreviera a lanzar una bomba atómica sobre la población civil de, no una, sino dos ciudades. Este hecho en sí mismo ya favorece que el libro resulte demoledor a la par que absorbente. Además, está escrito desde el amor y el respeto a Japón, pero también desde una imparcialidad que refleja que los actos, decisiones e ideas de los ciudadanos pueden ser independientes de las actuaciones de un gobierno e, incluso, de las tradiciones de un país. Por ello encontramos personajes absolutamente deplorables, otros que se mueven en una escala de grises y muchos otros inocentes que son víctimas de un sufrimiento indecible.


«Los haikus son algo más que poemas. Cada uno es una emoción que aparece y al instante se desvanece, como todo lo bello de la vida. Un parpadeo fugaz que nos muestra la esencia de las cosas».

Un gran acierto de la novela es no centrarla en el ámbito militar ni en el político,  que sus protagonistas no sean altos mandos y no gire en torno a los despachos e al campo de batalla mientras se toman decisiones en ellos. Estas, evidentemente, se ven en la obra con todas sus consecuencias, pero la trama se manifiesta más humana y sobrecogedora por estar reflejada a través de los ojos de un adolescente de apenas trece años que, además, está dividido entre los dos mundos. Sus padres biológicos son occidentales, europeos, pero al morir estos siendo él muy pequeño, fue criado por un matrimonio japonés.

Al principio de la trama, Kazuo, como cualquier adolescente, está buscándose a sí mismo, pero su sensación de desarraigo y desubicación es mayor que la de cualquiera, porque en él se aúnan características de dos bandos opuestos que están enfrentados. No sabe cuál es su lugar, y son estas emociones junto con su visión de la guerra lo que se nos narra, pero, sobre todo, lo más importante en su mundo, aquello que resulta ser su ancla, es Junko, una japonesa de doce años que, con su poesía, su belleza y su paz interior, se convierte en su primer amor.


«Si quieres saber lo que serás en el futuro, mira lo que estás haciendo ahora».

El desastre provocado por el impacto de la bomba y el sufrimiento posterior a causa de la radiación están presentes en toda la novela, pero el gran drama, el que se siente más personal y doloroso, viene de la ruptura del mundo interior de Kazuo y Junko, de cómo se ven separados sin saber siquiera si han sobrevivido y de la incertidumbre que pervive en ellos sobre qué podrían haber sido el uno con el otro y el uno para el otro si hubieran sido libres de seguir el camino que habían planeado, puesto que la bomba estalla cuando se habían citado para regalarse su primer beso, un beso que ya no pudo ser, pero que debería haber sido.

No he podido evitar conmoverme con el periplo de Kazuo para encontrarla y con todo lo que le sucede durante su búsqueda. El horror de lo que ocurre a su alrededor contrasta con la belleza de la prosa de Andrés Pascual, que, en comparación con mucho de lo que se publica hoy, es rica en matices e inspiradora en algunos momentos, aunque, eso sí, manteniendo la sencillez con un léxico cotidiano y una sintaxis fácil con frases no muy largas.

Estamos ante una novela bastante equilibrada en cuanto a las partes narrativas y las dialogadas, lo que contribuye a que la lectura sea fluida.


«La tragedia de la vida no radica en su brevedad, sino en que solemos desperdiciarla sin llegar a disfrutar ni una sola de las maravillas que nos ofrece».

El narrador externo es omnisciente, pero se enfoca principalmente en Kazuo y Emilian, el protagonista de los capítulos que transcurren en el siglo XXI, concretamente en 2011. 

Como en todos los libros que alternan dos épocas, es inevitable comparar ambas y, en mi caso, la favorita suele ser la más antigua. Aunque en esta ocasión ha vuelto a ser así, los capítulos de 2011 me han atrapado con la misma intensidad, ya que en ellos se inicia una investigación encaminada a cerrar el círculo que empezó en el pasado y, al igual que los personajes que la llevan a cabo, yo también necesitaba saber en qué desembocaría todo. Así pues, cada parte me ha parecido emocionante por motivos diferentes.

Independientemente del debate que la obra genera sobre la energía nuclear y sus alternativas, toda ella está vertebrada por una vertiente lírica representada el haiku y por una historia de amor truncada, ese tipo de amor capaz de condicionar por entero la vida de alguien, y pese a ello, la novela no es romántica, aunque sí poética y reflexiva.


«No podemos arreglar los problemas pensando de la misma forma que cuando se produjeron».

En la trama protagonizada por Emilian, este aparece acompañado de otro personaje principal, Mei, y tanto la manera de ambos de concebir la vida como el vínculo que se crea entre ellos representan las tendencias más actuales, de modo que cada uno refleja una postura distinta en cuanto a las nucleares, mientras que su relación amorosa es emocionalmente menos profunda, pero, por la edad más adulta de sus protagonistas, más rápida y física.

Estamos, pues, ante un libro que combina la belleza con el horror; imbuido tanto de poesía como de muerte. Contiene dos historias, de las cuales una sirve para cerrar la anterior. Se contrastan épocas, ideas y maneras de amar, y expone el corazón humano, tanto en su vertiente más terrible como en la más hermosa. Es un libro que alberga y transmite dolor, pero también la fuerza que puede proporcionarnos aquello que amamos.


Puntuación: 5 (sobre 5)

Nieve en abril

 22/12/2025


Esta novela apareció en el mercado editorial anglosajón por primera vez en 1972, siendo así una de las primeras obras publicadas de Rosamunde Pilcher. En España ha conocido varias ediciones y reimpresiones. Ya en 1994 se hizo cargo de ella Penguin Random House Grupo Editorial. En el día de la fecha de esta entrada, la edición que está a la venta en este país es de bolsillo y cuesta 12,95 €. Consta de 211 páginas.

¿De qué trata?:

A pocos días de su boda con un hombre del que no está enamorada, Caroline Cliburn decide emprender un viaje a Escocia con su hermano pequeño, Jody, con el fin de ver a Angus, el hermano mayor, quien lleva años sin aparecer. Ambos creen que es su última oportunidad para encontrar un hogar en el que pueda vivir Jody tras la boda de Caroline y la mudanza a Canadá de la madrastra de ambos.

Sin embargo, una tormenta de nieve interrumpe bruscamente sus planes y acaba llevándolos a la puerta de un solitario joven escocés.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Mi relación con los libros de Rosamunde Pilcher oscila entre dos extremos que van desde el más amplio disfrute al odio más profundo. La conocí con un compilación de relatos que venía como regalo con una revista. En esas historias cortas, la autora hacía gala de un estilo sencillo pero envolvente, cercano y preciosista al mismo tiempo. Rápidamente sumergía mi imaginación en un ambiente acogedor y cálido, a pesar de la climatología adversa en algunos de esos relatos.

Después cayó en mis manos Solsticio de invierno, que venía avalado por multitud de  críticas positivas, las cuales no pude comprender tras concluir la lectura (y sigo sin poder hacerlo). Es un libro que me hizo sentir muy mal por su apología del adulterio y la cantidad de adultos disfuncionales que lo protagonizan. 

Me sucedió lo mismo con Carrusel, donde la autora vuelve a enfocar la infidelidad, la falta de compromiso y el egoísmo como una situación deseable. La decadencia moral como vía a la felicidad, como se muestra en estos dos últimos títulos, me parece una aberración y es algo que no deseo encontrar en mis lecturas, y menos si me vienen recomendadas como obras agradables y reconfortantes.

Llegados a este punto, se me pasaron las ganas de leer nada más de esta escritora, pero a causa de la impresión de aquellos primeros y bonitos relatos, ya me había agenciado buena parte de su producción, así que volví a intentarlo, esta vez con Bajo el signo de géminis, que sí me provocó las sensaciones que yo deseaba y me llevó a recobrar la esperanza, por lo que me atreví con una de sus obras más famosas, El regreso. Fue otro fracaso, pero por otros motivos, como una protagonista de cartón y una historia de amor en la que no hay amor (ni historia).
 
Durante un tiempo he dejado a Rosamunde Pilcher en el olvido, pero ahora que tengo entre manos una lectura muy densa de Dickens y que el frío empieza a hacer su efecto en el cuerpo y el ánimo, me apetecía alternar ese libro con otro de lectura fácil y atmósfera cálida en lo que respecta a ambientes y emociones.

Sin duda, Nieve en abril ha sido la lectura que buscaba, lo que siempre he esperado de esta autora desde que la conocí. Esto no quiere decir que sea un libro perfecto, ya que tiene defectos flagrantes, pero me he sentido abrigada entre sus páginas, como si, al igual que Caroline y su hermano Jody, acabase de salir de una tormenta de nieve para refugiarme al calor del hogar con una deliciosa comida casera y contemplar los campos helados a través de una ventana.
 
La trama que plantea aquí Rosamunde Pilcher es muy simple y no nos vamos a llevar ninguna sorpresa, pero, precisamente, leer sobre gente común encontrando su espacio y calmando su mente en un paisaje de belleza embaucadora es lo que me ha atrapado, además del habitual estilo de la autora, quien escribe para gente también común, lectora o  no, que desee relajarse con una escritura capaz de provocar sensaciones pictóricas. Pilcher sabe colocar cada objeto, ornamento o elemento natural en su trama para que nos sintamos parte de ese cuadro placentero.


«La vida es demasiado corta como para mirar atrás. Eso sólo sirve para salirse del camino, tropezar y, probablemente, caer de bruces. Yo prefiero mirar hacia delante».


Cuando los personajes llegan a ese ambiente y acaban amoldándose a él, se produce una sensación de equilibrio, del cual es partícipe el lector para acaparar algo del bienestar que hallan esos personajes. Esa es la mayor virtud de la novela, la cual he sentido como una versión extendida de alguno de aquellos relatos con los que conocí a la autora. Así, como sucede habitualmente con los relatos, no hay tiempo para otorgar una gran complejidad a los personajes ni una conclusión más sólida y desarrollada. Por ello, la historia de amor resulta precipitada, pero, aun así, se puede palpar entre líneas cómo se inician esos sentimientos entre los protagonistas. Sencillamente se trata de dos personas adecuadas, con un importante grado de insatisfacción en sus vidas, que se encuentran en un entorno adecuado en el momento correcto. Puede interpretarse como el destino torciendo los planes de la gente, algo que nos es poco habitual ni extraño.

Caroline, por su parte, es una joven que lleva mucho tiempo sin tomar las riendas de su vida. Puede parecer caprichosa, pero en realidad es alguien que se dejó marcar por un contratiempo del que no se rehízo.

Por otro lado, Oliver es un hombre autoritario, de los que ya he conocido en otros libros de esta escritora, pero que necesita a alguien que le aporte un poco de luz y dulzura.

Para que exista algo más de tensión dramática, Rosamunde Pilcher se
 sirve de otra mujer en la ficción, Liz, quien lleva toda su vida enamorada de Oliver y que, tal como se recalca como si fuera algo trascendente, es mucho más atractiva que Caroline.

Estos son los ingredientes básicos. No puedo decir más por riesgo de
 incurrir en algún destripe, pues aunque la historia es previsible, lo ideal es ir descubriendo por uno mismo cómo se desarrolla y cómo va afectando a los personajes.

No se trata de una novela para gente exigente con la literatura, sino para aquellos que ven cada nuevo día como un regalo y disfrutarían mirando un amanecer nevado a través de una ventana, tumbados sobre la hierba a la orilla de un lago sin hacer nada más o contemplando un rayo de sol que se filtre por una rendija de un desván para iluminar el polvo en suspensión.
 
Puntuación: 2,75 (sobre 5)

La casa de las olas

09/09/2025 



Esta novela ha sido publicada en inglés, su lengua original, con dos títulos distintos: Foreign fruit y Windfallen, ambos relacionados con lo que se narra en el prólogo y en el epílogo. La primera edición es de 2003.

En España, Debolsillo la tradujo en 2006 y la lanzó al mercado con un nombre totalmente diferente, La casa de las olas. Esa edición consta de 464 páginas. En 2017 volvió a publicarla, esta vez con una portada diferente, por un precio de 11,95 €.

¿De qué trata?:

Estamos en Inglaterra en 1950: en un pueblo costero, de esos en los que todo el mundo se conoce y donde el chismorreo es el deporte local, vive Lottie, una joven cariñosa, dispuesta y muy conformista. Su mejor amiga es Celia Holden, con cuya familia vive: ayuda en la casa, hace recados, cuida a los pequeños. Un buen día, el pequeño mundo de Lottie se resquebraja: en una casa en la playa se instala un grupo de artistas bohemios; sus costumbres, que para ella son muy exóticas, le descubren una nueva manera de vivir, más libre, rica y estimulante. Pero entonces, alguien a quien Celia conoce aparece en la vida de Lottie para trastocarla por entero.

¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Mi relación con Jojo Moyes viene de antiguo y no siempre ha sido grata, pero eso lleva tiempo cambiando. Antes de que todo el mundo tuviera un lector de libro electrónico y antes del asalto en tropel de booktubers, bookstagrammers y otros neologismos anglosajones yo era más asidua a perderme por las estanterías de la biblioteca y mirar libros al azar, sin contaminarme con ninguna información previa. Así encontré La casa de las olas.

Aquella portada con una casa bajo las nubes y rodeada de una verde campiña atravesada por un camino me pareció muy bella y sugerente, tanto como el título. ¿Cómo no querer estar allí aunque fuese con la imaginación? En cuanto al argumento, no correspondía al tipo de libros al que estaba más acostumbrada a leer entonces, pero siempre me he abierto a nuevas y diferentes lecturas. Reconozco que, ya en casa, las primeras páginas me desalentaron. Me parecieron lentas y carentes de interés, así que decidí no continuar, pero nunca me olvidé de esta obra, porque algo me decía que tenía que esperar a su momento. Este ha llegado por fin.

Tras hacerme con él de nuevo, lo he estado leyendo a finales de agosto y, pasando esas primeras páginas críticas, me ha absorbido tanto que me costaba parar de leer.

Este libro tiene una nota de melancolía y lo he sentido como un ocaso, como el final de un verano. 


Dicen en algunos lugares que Jojo Moyes es autora de novela romántica y, después de leer tres libros suyos, me parece una 
afirmación desacertada por completo. No sé cómo serán sus otras novelas, pero en esta y en las otras dos siempre hay algo agridulce. Puede que las cosas salgan bien, pero sólo algunas y sólo en ocasiones, y los personajes portan consigo una estela de dolor debida a la senda que han tenido que recorrer.

Centrándonos en La casa de las olas, la autora incluye historias de amor, pero no son el único eje vertebral de la historia, a pesar de su enorme importancia, sino que están enmarcadas en el flujo vital que vapulea a sus protagonistas de distintas formas, aunque sus decisiones tienen mucho que ver en esto. 

Es curioso que a pesar de no haber empatizado con casi ningún personaje, he disfrutado mucho la novela. Prácticamente todos ellos tienen sus sombras y a veces es difícil entender y aceptar sus acciones. De hecho, resultan tan reales que incluso son ellos mismos quienes pueden llegar a ponerse la zancadilla por no saber actuar ante la vida y ante sus emociones, tal como podría pasarnos a todos en algún momento determinado.

No es un libro que oculte grandes misterios, ya que en ocasiones podemos prever qué va a acontecer, pero la cuestión que interesa es conocer qué decisión van a tomar esos personajes sobre ello y cómo va a afectar a su micromundo, especialmente porque la mayor parte de la trama transcurre en un pequeño pueblo costero donde todos se conocen, los escándalos no se olvidan y se niega cualquiera idea de progreso. Es un pueblo que vive anclado en su propia historia y atrapado en su conservadurismo.

La estructura divide la novela en tres partes. La primera de ellas nos retrotrae hasta los años 50 del siglo XX. Como suele ser habitual en mí, disfruto más cuando se nos traslada a otra época y a través del papel puedo sumergirme en el encanto de lo que es inalcanzable de otro modo.

Para mí, esta primera parte sugiere juventud, el inicio de un verano, disfrutar de la vida sin cortapisas, aunque luego lleguen las consecuencias. La protagonista aquí es una Lottie en los últimos años de la adolescencia. Se trata de una muchacha seria, adusta, aparentemente responsable, que comprende su lugar en el mundo. Es una joven de los barrios bajos de Londres que fue acogida en los años de la guerra por una familia bien posicionada, con la cual continúa viviendo al inicio de la trama, aunque siempre se perciba una barrera entre sus dos mundos.

A su lado está Celia, miembro de esa familia, y su carácter es diametralmente opuesto.

Ambas se sienten atraídas por Casa Arcadia (una casa que mezcla el estilo art decó con el modernista y está casi lamida por las olas por la posición en la que se halla) y los habitantes recién llegados, un grupo de bohemios con un concepto diferente de la vida.


«Es un consuelo saber que uno es fiel a sí mismo».

En sus vivencias allí resulta muy simbólico para lo está por suceder un baño en la playa con los miembros de Casa Arcadia, ya que revela la actitud de ambas muchachas en el devenir de los acontecimientos: la entrega y la desinhibición de Celia y la reticencia, la amargura y el orgullo de Lottie. 

Esas olas en las que se sumergen literalmente también las arrastran figuradamente, no sólo a ellas, sino a todos los que atraviesan estas páginas, incluyendo a los bohemios de Casa Arcadia, cuya alegría autoimpuesta va dando paso a lo que realmente encierra cada uno en su corazón.

La segunda parte comienza con una trama completamente distinta, de manera que parece estar leyendo otro libro. Aquí se nos presenta a Daisy, una joven diseñadora de interiores que ha sido abandonada por su novio y socio profesional después de haber tenido un bebé juntos. La marejada la lleva también a ella hasta Merham, el pueblo donde transcurre la primera parte. Allí debe hacerse cargo de la reforma de Casa Arcadia para convertirla en un hotel. Su historia acaba confluyendo con la de Lottie, aunque no es hasta el capítulo 14 de esta parte cuando comenzamos a conocer qué les pasó a Lottie y a aquellos que la rodeaban.

Esta parte va saltando de un personaje a otro, por lo que se percibe más dinámica.

Daisy, además, es el personaje que he visto con una evolución más coherente, ya que los demás viven atrapados en el pasado por un motivo u otro.

La tercera y última parte sirve para cerrar heridas, especialmente las de Lottie, quien las ha tenido abiertas toda una vida, arrastrando consigo a quienes formaban parte de su entorno. A veces necesitamos algo, un revulsivo, que nos abra los ojos, aunque haga falta mucho tiempo para ello, y la llegada de Daisy al pueblo es crucial para que suceda. Se trata de dos generaciones aprendiendo juntas. 

El final es el que yo quería, el que debía ser, pero me ha faltado algo más de explicación, no demasiado, quizás un párrafo o dos, para comprender mejor la revelación emocional que cierra el libro. Esto es lo que hace que no le suba más la nota.

Sin embargo, La casa de las olas ha sido para mí un viaje intenso y emocionante, no porque sea una historia llena de sobresaltos (que no lo es), sino porque, como en el mundo real, la gente que forma parte de nuestras experiencias y las decisiones cotidianas, donde se puede incluir un mal paso, acaban conformando el relato de una vida en cuyo vaivén merece la pena zambullirse.

 
 

Puntuación: 3,5 (sobre 5)

El jardín de los hechizos

 08/08/2025


El jardín de los hechizos se publicó por primera vez en su lengua original en el año 2007. A España llegó en 2012 de la mano de la editorial Martínez Roca en una edición rústica de 288 páginas que ya hoy por hoy es difícil de encontrar. También el ya extinto Círculo de Lectores la incluía en su catálogo con una portada diferente.
 

¿De qué trata?:

El hogar de los Waverley en Bacon es habitado únicamente por Claire Waverley después de que su madre y su abuela fallecieran y su hermana Sidney se marchara sin dejar rastro. Allí vive cuidando su misterioso jardín y cultivando un don extraordinario que la hace valiosa para sus vecinos. Su tranquila existencia se ve interrumpida por el regreso de Sidney, quien arrastra consigo un pasado que la persigue. Sin embargo, el ambiente mágico de Bacom y las relaciones que allí establecen las llevan a conocerse mejor entre ellas, pero también a sí mismas.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Seguramente, todos los lectores que viajen en transporte público  se han topado con otro lector que va leyendo un libro y han sentido la necesidad de saber cuál era. Así fue como conocí este título. En primer lugar, la portada me trajo a la memoria Crepúsculo, de Stephenie Meyer, ya que la edición que llevaba la otra lectora es muy similar, pero lo que realmente me llamó la atención y me invitó a buscar un ejemplar fue el título. Todos los jardines ya tienen algo mágico de por sí y si, además, la historia promete que va a suceder algo extraordinario en ellos, mi interés se duplica.

Esta novela ha sido comparada por otros lectores con la película Prácticamente magia, pero aunque tienen claros puntos en común, la trama difiere bastante. De hecho, a mí la cinta protagonizada por Sandra Bullock y Nicole Kidman no me gusta, mientras que el libro sí.

Para empezar, hay dos hermanas, una más seria y centrada y otra que vive lejos del hogar familiar y lleva una vida disoluta que le acaba acarreando graves problemas. Ambas tienen dones especiales, pero ni son brujas ni practican la magia. La mayor, Claire, sabe cocinar usando plantas cuyos efectos rompen la lógica del mundo real. De hecho, esto tiene, a mi parecer, ciertas conexiones con Como agua para chocolate. Por ejemplo, su vino de geranio puede hacer recordar las cosas buenas, los frutos secos de la ensalada con brotes de jacinto despiertan la melancolía, mientras que las magdalenas con pensamientos cristalizados amansan a los niños. Esta cualidad la aprendió Claire de su abuela.

Por su parte, la menor de las hermanas, Sidney, es capaz de intuir qué cortes de pelo volverían deslumbrante a cada persona.


«Cuando eres feliz por las cosas que te pasan, esa felicidad te llena. Cuando lo eres por las cosas que les pasan a otros, te desborda».

 
Como vemos, son capacidades extraordinarias aplicadas a lo cotidiano, sobrepasando las posibilidades del mundo real. Si alguien está buscando un libro con brujas, pociones mágicas, hechizos y bailes de aquelarres bajo la luna, este no es así. El elemento más mágico que aparece es el manzano del jardín de las Waverley, cuyas manzanas tienen un efecto muy particular sobre cualquiera que se atreva a comérselas y pueden llegar a cambiarle la vida. Además, es un árbol juguetón que se empeña en lanzar sus manzanas y tiene una conexión especial con las habitantes de la casa, como también sucede entre esta y las dos hermanas.

Al don de Claire y Sidney se suma el de Evanelle, una pariente lejana de setenta y nueve años que me ha gustado mucho. Ella posee una especie de clarividencia opaca, ya que de vez en cuando percibe que alguna persona conocida va a necesitar algún objeto concreto, pero no sabe ni para qué ni en qué momento, por lo que le surge la necesidad imperiosa de llevárselo cuanto antes, aunque eso le suponga estar siempre dando vueltas de un lado a otro.

Otro aspecto remarcable de esta novela es que al no ser una historia sobre brujas propiamente dicha, las Waverley no son las únicas que poseen características peculiares en la ciudad. Así pues, hay otras familias con rasgos distintivos, como los Clark, cuyas mujeres no tienen parangón en las artes amatorias, o los hombres Hopkins, quienes siempre se casan con mujeres mayores que ellos porque nacen con una mentalidad ya vieja.

Todos ellos forman parte de la comunidad de Bascom, una pequeña ciudad estadounidense con alma de pueblo, donde todos se conocen y tienen sus más y sus menos. 


«Eres como eres, te guste o no, así que ¿por qué no mejor hacer que te guste?».

 
Allí, a lo largo de la trama, se gestan dos historias de amor de esas en  las que los implicados parecen predestinados, empujados el uno hacia el otro por una fascinación irracional y sensorial promovida por las fuerzas misteriosas del entorno que los rodea.

De este modo, a la vida de Claire llega un hombre que no puede dejar de soñar con ella, por mucho que a ella le moleste este atracción mutua debido al miedo que la corroe a que la hagan sufrir.

Por su parte, a su vuelta al pueblo, Sidney se encuentra con que tiene un capítulo sin cerrar con otro hombre que siempre la consideró el amor de su vida.

El estilo de Sarah Addison Allen en esta novela es esencialmente evocador, algo que consigue mediante figuras retóricas y tropos que conectan ligeramente la obra con el realismo mágico. Así despierta nuestros sentidos con imágenes tan poderosas como «con cada sonrisa de la luna, sin falta, Claire soñaba con su infancia» o «era tan sureña que lloraba lágrimas que venían directamente del Misisipi y siempre olía ligeramente a álamo de Virginia y melocotones».

No obstante, como contrapunto, la autora no se priva de incluir también palabras y expresiones vulgares y soeces. Incluso se narra una escena muy desagradable sobre el abuso al que es sometido uno de los personajes. Sin embargo, esto no es óbice para disfrutar todo lo demás, ya que el tono, la trama y los personajes son cautivadores y nos envuelven en un encantamiento, como si de un auténtico hechizo se tratase, para hacernos un poco más felices.

Quizá pueda parecer que es un libro de otoño, de esos que nos gusta leer cerca de una deliciosa vela aromática y con la lluvia repiqueteando en la ventana, pero aunque esta no es mala idea, es un libro que transcurre principalmente en verano, cuando en Bascom los manzanos dan su fruto, el aire huele a menta y a romero, los pícnics se hacen junto a un embalse y las cenas, bajo un cielo despejado.

 

Puntuación: 3,5 (sobre 5)

Fablehaven (saga completa)

30/03/2019



    Esta saga está compuesta por cinco libros, cuyos títulos, en orden, son los que siguen:

1) Fablehaven
2) La ascensión del Lucero de la Tarde
3) La plaga de la sombra
4) Los secretos de la reserva de dragones
5) Las llaves de la prisión de los demonios 

    Comenzó a publicarse en el año 2006 y concluyó en 2010. En España ha tenido dos ediciones distintas, ambas de la mano de la editorial Roca: la primera de ellas, en tapa dura (20 € cada volumen), y la segunda, en tapa blanda (12,95 € cada tomo).

¿De qué va?: 

    Los padres de Kendra y Seth Sorenson planean un viaje a solas, por lo que los dos adolescentes deben pasar las vacaciones con el abuelo Sorenson en la apartada reserva en la que habita, Fablehaven. Sin embargo, pese a la aparente tranquilidad del lugar, los jóvenes deben seguir a rajatabla una serie de reglas extrañas. La curiosidad y la casualidad los lleva a descubrir que, en realidad, Fablehaven es un lugar mágico lleno de criaturas peligrosas que tienen mucho que ver con la misteriosa desaparición de su abuela. Sin quererlo, los dos hermanos se ven lanzados al tablero en el que una misteriosa sociedad juega para lograr la caída de Fablehaven y un mundo plagado de demonios.



¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    Recuerdo la emoción que sentí de niña cuando Lucy Pevensie se escondió en un armario y de repente se encontró en un nuevo, mágico y peligroso mundo llamado Narnia. Observo la admiración de otros lectores por ese niño con gafas criado por muggles y elegido para cumplir un importante destino en una escuela de magos. Viajo a mi adolescencia para verme intrigada ante la variedad de paisajes y razas que pueblan la Tierra Media. Hoy mezclo todo eso y extraigo como resultado todo lo que he sentido con la saga Fablehaven

    Ante la el goteo incesante de novedades editoriales, muchas de ellas clasificadas como “literatura juvenil” (como si eso fuera un subgénero independiente, craso error), Fablehaven ha pasado desapercibida en España. Poco se conoce, por desgracia, y difícilmente me explico los motivos. Tal vez haya quien ha querido darle una oportunidad y se ha encontrado con un primer libro más bien flojo, lento, introductorio, y unos personajes con poco gancho, por lo que puede haber perdido el entusiasmo y ha preferido no seguir adentrándose en los misterios cada vez mayores y complejos de la reserva mágica de Fablehaven. 


    «Las personas inteligentes aprenden de sus errores, pero las inteligentes de verdad aprenden de los errores de otros».


    Yo leí el primero y, aunque no me aburrió, no me incitó a continuar acto seguido los volúmenes restantes. En el inicio de la saga empecé a conocer un ambiente curioso con algunos toques de intriga, pero la acción transcurre despacio, el tono es infantil y la prosa, inmadura. Además, no hay tiempo para descubrir personajes carismáticos. A eso se suma que el punto álgido tarda en llegar y el conflicto se soluciona, quizá, demasiado fácilmente. Claro que ningún libro de los que componen la saga resulta autoconclusivo y, cuando, unos meses después, comencé el segundo, ya no pude parar.

    Lo que había leído sólo era un esbozo, un mero chiste comparado con lo que estaba por venir. Todo lo que supone el universo de Fablehaven se amplía a partir de entonces hasta límites insospechados. Olvidaos de los protagonistas adolescentes que forman parte de una profecía, por torpes que puedan parecer, o de esos otros que son elegidos para una gran misión por sus dones especiales. Tampoco son de esos chicos normales que acaban descubriendo de pronto que llevan dormido en su interior un único y gran poder. Los hermanos Kendra y Seth Sorenson van creciendo como personajes poco a poco, se desarrollan conforme suceden los hechos. A veces son capaces de adaptarse y otras, casi se ven superados por ellos. Su evolución es natural y su maduración como personas y como personajes se produce de forma creíble y lógica. Es su propia forma de ser la que los ayuda o los entorpece, y cualquier don sobrevenido les llega por su tesón y sus acciones, y no simplemente porque por ser ellos sean especiales, como a veces sucede en la fantasía juvenil. Son tan vulnerables como lo seríamos cualquiera de nosotros en su situación.



    «¿Os dais cuenta del poder que tienen los sentimientos para distorsionar vuestra interpretación de la realidad? Eso hace pensar si de verdad has tenido un mal día o si tú mismo has hecho que pareciese un mal día».


    Kendra empezó siendo mi favorita en el primer libro. En algunos aspectos empaticé mucho con ella y me sentí identificada. Sin embargo, Seth se me atragantó. Pensé que, como en las Crónicas de Narnia, siempre tiene que haber un niño tonto que vaya provocando líos. Sin embargo, a partir del segundo libro, me quedé completamente enganchada a los capítulos protagonizados por el menor de los hermanos Sorenson. Seth, sin abandonar por completo su forma de ser, comienza un proceso de crecimiento que va unido a la temeridad, el valor, la independencia, la rebeldía y la libertad. Finalmente resulta mucho más redondo de lo que llega a ser su hermana, cuyas características predominantes son siempre la prudencia, la responsabilidad y un firme sentido del bien y del mal. 

    El mundo mágico creado por Brandon Mull es inmenso. A algunas criaturas ya las conocemos por formar parte del folclore popular, pero muchas otras han salido de la mente del autor y no sabría decir cuál es más asombrosa. Además, Mull le confiere unos rasgos característicos a cada raza o especie y los seres que vamos conociendo permanecen fieles a ellos. Pese a las sorpresas y a que cada uno tiene su carácter particular, me ha encantado cómo se tejen las distintas idiosincrasias y cómo los entes fantásticos son perfectamente reconocibles por las costumbres, lenguaje y tradiciones de los suyos. Todo esto da lugar a interacciones muy curiosas y alianzas inevitables, como también a inoportunos y peligrosos enfrentamientos. 

    Son muchos los secundarios que desfilan por las páginas, y no sólo humanos. Todos ellos tienen algo que aportar. 
 

    «Una incursión ocasional por alguna emoción negativa hace que sentirse normal resulte mucho más dulce».


    Pese al empeño de algunas criaturas y humanos por mantener un mundo ordenado en el que coexistan dentro de unos límites todas las entidades vivientes, cada libro va complicándose más y más, de manera que a nuestros protagonistas les estalla todo en las manos y no saben en quién confiar y en quién no, puesto que las traiciones y los engaños, insospechados para ellos y para nosotros, acaban estando a la orden del día. La trama va ganando complejidad y dramatismo libro tras libro y el ritmo es más trepidante

    El estilo tras el primer libro continúa siendo sencillo y asequible para cualquier lector, pero se nota mayor esmero en la prosa, un vocabulario más amplio y selecto y una sintaxis más elaborada. Los pequeños detalles comienzan a tener un poco más de relevancia y las descripciones, sin ser largas y abrumadoras, alcanzan algo más de peso. 

    Me vais a permitir un pequeño e intrascendente destripe: el amor, tan predominante en muchas sagas juveniles, es un elemento irrelevante, casi inexistente, en esta. No obstante, Brandon Mull crea una historia tan adictiva que no lo he necesitado para sentir que es redonda. 

   Con esta saga he recuperado la fe en la literatura actual protagonizada por adolescentes. No la llamaré saga juvenil, ya que hay dejarse llevar menos por las etiquetas, puesto que los libros no tienen edad y los lectores, cuando nos sumergimos en ellos, podemos jugar con la nuestra como nos plazca


Puntuación: 4,5 (sobre 5)