Villa Vitoria

 03/05/2026

 
 
Villa Vitoria, publicada por primera vez en el Reino Unido en 1949 y cuyo título original es Vittoria Cottage, es la vigésimocuarta novela de su autora. Se trata del inicio de una trilogía cuyas continuaciones son Music in the hills y Winter and Rough Weather, inéditas en España.
 
Alba Editorial se hizo cargo de la traducción en nuestro país de Villa Vitoria y su consiguiente publicación en 2016. Por ahora, en el mercado editorial patrio existe la saga completa de la señorita Buncle, Las cuatro graciasAmberwell y, con fecha próxima de publicación, Summerhills.

¿De qué trata? (Sinopsis de la editorial):

Cerca de Wandlebury, el pueblo en torno al cual gira la saga de la señorita Buncle y Las cuatro Gracias, hay otro pueblecito, Ashbridge, donde la gente «tiene algo isabelino» y es «sencilla y valiente». En las afueras se alza Villa Vitoria, que un capitán mandó construir «después de luchar en la batalla de Vitoria y contribuir a la expulsión de José Bonaparte de España». Ahora esta romántica casa de campo es famosa por su jardín florido y por la hospitalidad y buen humor de su residente, Caroline Dering, viuda de un hombre a quien solo se recuerda por su antipatía y fatalismo, y madre de tres hijos. 

Corren los tiempos de la inmediata posguerra: las heridas de la Segunda Guerra Mundial aún no han cicatrizado, el racionamiento limita la vida e impone el ingenio o la resignación, y el pueblo sirve de refugio a seres atormentados por la reciente experiencia, como el señor Shepperton, que se instala en la posada del pueblo con un trágico y misterioso pasado a cuestas. El señor Shepperton hace buenas migas enseguida con la señora Dering … pero ésta no cuenta con que la llegada de su hermana Harriet, célebre actriz de los escenarios londinenses, pueda complicar las cosas. En Villa Vitoria (1949) volvemos a encontrar el gusto de D. E. Stevenson por la comedia campestre y por las «dificultades» de pequeños personajes que «se parecían mucho a las del ancho mundo, pero vistas desde el otro lado del telescopio».

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes): 

Mi primer libro de Dorothy Emily Stevenson  y qué bonita ha sido su lectura. Hace unos días que lo terminé y estoy echando de menos sumergirme en él. 

Es una novela que invita a la alegría y al optimismo, pese a los problemas y las preocupaciones, y por eso he iniciado mis mañanas con él mientras tomaba un desayuno sano y delicioso.

Esta autora no existió para mí hasta que Alba Editorial vio su calidad y tradujo para nosotros El libro de la señorita Buncle. Entonces, en la época en la que los blogs estaban en plena ebullición, observé que mucha gente se lanzó a ella con entusiasmo, pero, en mi caso, tenía otras prioridades más urgentes y, desde el punto de vista más superficial, su portada tampoco ayudó a que me entrara por el ojo lo suficiente como para añadirlo entre mis lecturas de entonces. Además, mi desastrosa experiencia con otras obras también catalogadas como comedia rural (Cluny Brown) y bien valoradas por otros lectores me condujo a alejarme del género, por lo que he tardado mucho en darle una oportunidad a la señora Stevenson. Finalmente ha sido con uno de sus libros de publicación posterior en España y críticas aun más entusiastas que el de la señorita Buncle.

Sin embargo, no sé por qué motivo estaba convencida de que el libro que nos ocupa hoy había sido publicado en nuestro país no hace muchos años y, a la hora de fijarme bien en la fecha de salida para tenerla en cuenta en esta reseña, he comprobado que tuvo lugar en realidad en 2016, cuestión que ha desinflado mis ánimos en un pispás, puesto que si en diez años la editorial no ha tenido a bien obsequiarnos con el resto de la trilogía, es harto difícil que lo haga ya.

Es una auténtica lástima que sea así, pues es imposible cansarse de Ashbridge y su comunidad. No puedo arrepentirme de haber leído algo tan bello, pero, en cierto modo, resulta abrumador tener que despedirse de estos personajes de forma tan abrupta, ya que algunas de las tramas quedan abiertas, aunque la principal puede cerrarse en nuestra mente con un poco de imaginación. 

La voz narrativa de D. E. Stevenson se siente como una amiga que va susurrando una historia envuelta por el trino de los pájaros, una historia intimista y cotidiana. Todo comienza con la propia Villa Vitoria, una casa situada en un pequeño pueblo de la campiña, Ashbridge, y que va pasando por diferentes propietarios que la modifican y mutilan a su gusto. Así pues, resulta un hogar con costuras, reflejo de personajes de carne y hueso que también las tienen; algunos, superficiales y otros se han roto por entero y deben recomponerse. Sin embargo, Villa Vitoria es un libro de resiliencia y de sanación, por lo que todas sus verdades son amables: que siempre habrá alguien que le tienda la mano a quien lo necesite, que un plato de comida en la mesa y el calor del fuego en buena compañía son una bendición y que, aunque a veces esté bien salir de la rutina, no se necesita una nueva sorpresa cada día para sentirse a gusto.


«A veces pienso que a lo mejor ganaríamos algo si todo el mundo, todos y cada uno de nosotros, hiciera todo lo que estuviera en su mano para que un rincón del mundo fuera más feliz».

Durante la lectura puede generarse una sensación de añoranza por un tipo de vida calmo y sereno en un pueblo idealizado, pues así es como se presenta Ashbridge. Sus habitantes se conocen bien y muchos de ellos ofrecen ayuda y apoyo al resto si así lo necesitan. Pese a todo, siempre hay alguna nota discordante, algún vecino más cascarrabias, pero aquí eso sirve para aportar variedad y otorgar matices a los personajes, especialmente a nuestra protagonista, Caroline, quien demuestra constantemente tener un gran corazón, pero no puede evitar un fuerte rechazo por la desagradable señora Meldrum.

Los días de Caroline transcurren apaciblemente con actividades corrientes: recogiendo moras, cuidando su jardín, atendiendo a sus hijos, cumpliendo sus compromisos sociales y colaborando con amigos y vecinos. Es una protagonista que, por norma general, lo tiene fácil para conquistar al lector; es amable, sensible, generosa y cariñosa, aunque con una pequeña tendencia a imaginar posibilidades negativas futuras, por lo que para ella es indispensable la existencia de otros personajes  que son su complemento y contrapunto y que añaden más riqueza a la obra, como su inquieta hermana Harriet, con quien al final también es inevitable encariñarse y empatizar.

Es precisamente la trama de ambas hermanas y del insondable Robert Shepperton, un añadido muy interesante el pequeño mundo de Villa Vitoria, la que queda más o menos cerrada. Robert, por su parte, es quien mejor le sirve a la autora para reflejar las consecuencias humanas de la guerra. En general, estas no se obvian, pero Stevenson no las expone de manera flagrante con la intención de recrearse en el dolor, sino como parte de ese tejido vital que ha de buscar el modo de cicatrizar.


«Decía que las cosas iban de mal en peor y tenía razón, desde luego... Pero pasarlo mal no sirve para nada; sufrir por las desgracias que suceden no sirve para evitarlas o arreglarlas, simplemente tapan el sol. Cada vez que Arnold hablaba con alguien, lo preocupaba cada vez más y al final todos se iban como si llevaran a cuestas todas las catástrofes del mundo, abrumados bajo el peso de la carga. Y con semejante estado de ánimo, ¿quién tiene fuerzas para hacer algo?».

La historia de Robert es la más dramática, pero en los pequeños detalles vamos viendo como una guerra afecta a todo el mundo. Así, en el día a día de nuestros personajes observamos los problemas con la escasez de comida o el racionamiento de gasolina después de la Segunda Guerra Mundial.

Los hijos de Caroline son otro aliciente para la lectura. Dos de ellos tienen su propia trama, que se va desarrollando en medio de la rutina del resto de personajes. Así, por un lado tenemos a Leda, que, con su mal humor, su egoísmo y su inmadurez, podría tener un desarrollo digno de ver en las secuelas. Por otro, resultaría grato conocer en qué termina el enamoramiento que experimenta su hermano James por una amiga, pero es precisamente la historia de esta segunda generación la que queda sin cerrar.

De haberlo sabido, es probable que mi elección para comenzar con D. E. Stevenson hubiese sido otra, pero, no obstante, Villa Vitoria es un refugio en el cual la mente se reconforta y los buenos sentimientos se transfieren fuera del papel. Como dije anteriormente, al final es inevitable sentir cierta nostalgia por un lugar como ese, un microcosmos en un hermoso paraje en el que los sueños, las esperanzas, la bondad, la tranquilidad y, como no puede ser de otro modo, las desilusiones y los contratiempos son compartidos con altruismo y comprensión.

Me quedo con que si es un libro en el que merecería la pena vivir, es un libro que, por supuesto, merece la pena leer.

  

Puntuación: 4 (sobre 5)