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Especial San Valentín: Aquellos escritores que también amaron (2ª parte)

14/02/2017
«Hacedlo todo con amor».

Corintios 16:14


     Hoy se alzarán muchas voces contra este día. Alegarán que es una festividad consumista, que todos los días hay que demostrar el amor que sentimos por nuestra pareja, etcétera, etcétera. Sin embargo, no sé si esos cínicos no se dan cuenta de que nuestra sociedad tiene la manía de dedicar un día a cada cosa que existe: la radio, las bicicletas, la amistad, que las mujeres trabajen, la salud mental, las enfermedades raras, el orgullo friki, el Medio Ambiente… Y nadie se queja por eso. ¿Por qué hacerlo por el hecho de que haya un día en el que se celebre que las personas amen? Mi consejo es que no vivamos amargados por todo; seamos felices de ver rosas rojas hoy, corazones, dulces de chocolate y sonrisas llenas de esperanza, e ilusionémonos con que esas sonrisas sigan cada día. La vida ya hará de las suyas, para bien o para mal, como pudieron comprobar las personas de las que voy a hablar, esos escritores que dieron rienda suelta al sentimiento más hermoso que existe, el que es fuerza y debilidad al mismo tiempo.
 
MIGUEL HERNÁNDEZ Y JOSEFINA MANRESA




    Miguel Hernández fue poeta, un poeta que, como muchos otros, tuvo la desgracia de que el azar le situase en la España franquista y morir cuando no debía. Vivió treinta y un años hasta que su estancia en distintas cárceles le hizo enfermar, primero de bronquitis, luego de tifus y, finalmente, de tuberculosis. Murió por la guerra, por el odio, pero vivió con amor.

    Antes de conocerse, tanto Josefina y Miguel habían experimentado muy bien los sinsabores de la vida. Desde niños, ambos trabajaban; él, como pastor de cabras; ella, como costurera primero y en una fábrica de seda después. Aunque ambos pudieron estudiar, Miguel no abandonó el pastoreo y, mientras tanto, leía poesía y se convirtió en autodidacta. Con veinte años obtuvo su primer y único premio literario.

    Los primeros poemas de Miguel llegaron hasta Josefina, que vio ejemplares de su obra a principios de 1933 y oyó hablar de él. Sin embargo, no se conocieron en persona hasta mediados de ese mismo año en la feria de Orihuela. Desde entonces, él la esperaba cada día a la salida del taller de costura para acompañarla. La muchacha ya le inspiró algunos de sus poemas de amor. Vivieron más de tres años de noviazgo, durante los cuales asesinaron al padre de ella por ser guardia civil. Sufrieron algunos altibajos en su relación, pero en 1937, en plena guerra, los jóvenes contrajeron matrimonio. Él tenía veintiséis años y ella, veintiuno. Miguel, que se había alistado en el bando republicano un año antes, tuvo que escapar durante un breve tiempo para casarse con ella por lo civil.

    A finales de 1937 nació su primer hijo, que murió pocos meses después. A principios de 1939, la pareja tuvo el segundo, pero ese mismo año, Miguel entró en prisión. Fueron muchas las cartas que se intercambiaron. Dicen las malas lenguas que él había amado a otras mujeres, como la artista Maruja Mallo y la poetisa María Cegarra, tras una ruptura con Josefina durante su noviazgo, pero lo cierto es que rompió con ellas, volvió con su primer amor y, desde la cárcel, le escribía casi cada día. Frente a la pasional Maruja se alzó la casta Josefina. Él se dirigía a ella como «mi querida nena», «mi querida esposa», «mi querida Josefinilla». Ella seguía siendo su musa, la principal destinataria de sus poemas de amor, aunque tenía que vivir sola con su hijo, una precaria situación económica y las cartas de él. Una vez, el poeta incluso tuvo que escribirle en un trozo de papel higiénico por no tener nada más.

     Miguel agonizaba, pero pocos días antes de morir en 1942 pudieron casarse por segunda vez, ahora mediante el rito católico. Según contó ella misma, esa boda fue muy dura, ya que él ni siquiera podía moverse de la cama.

    Josefina protegió el legado literario de su marido durante los años más difíciles del franquismo y, con la llegada de la democracia, dedicó su vida a la difusión de la obra de Miguel. Siguió trabajando y lidiando con problemas de glaucoma, hasta que en 1987 un cáncer de mama pudo con ella. Tenía setenta y un años. Hoy descansa junto a Miguel y uno de sus hijos en el cementerio municipal de Alicante.


    «Te confieso que he tenido una experiencia muy grande aquí y que me encuentro muy solo. He sabido que mujeres como tú hay pocas y he apreciado más tu valor de esta manera... Te quiero y te querré siempre, porque he nacido para quererte a ti sola. Encuentro y trato a muchas mujeres. Estoy a diario con mujeres que me hablan y a las que hablo de muchas cosas, y ninguna encuentro como tú, y mi corazón sólo te quiere a ti entre todas».


ROSALÍA DE CASTRO Y MANUEL MURGUÍA




    Rosalía de Castro es una de las conocidas más desconocidas de la literatura española. Siempre se estudia casi de pasada y no nos detenemos a ver qué difícil tuvo que ser la vida para ella. No sólo fue una mujer escritora en pleno siglo XIX, sino que se atrevía a escribir en gallego cuando el español era la lengua de cultura. Desde su mismo nacimiento, todo fue complicado para ella: se dice que fue fruto de las relaciones secretas de María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía con un sacerdote, por lo que en su partida de nacimiento puede leerse que era «hija de padres incógnitos». Sin embargo, su padre no se desentendió de ella y la dejó a cargo de sus dos hermanas, aunque, por su condición de eclesiástico, no pudo reconocer la paternidad. La familia de María Teresa, en cambio, impidió que se relacionara con su hija hasta que pasara el escándalo, por lo que la escritora no vivió con su madre hasta los quince o dieciséis años.

     No se sabe si Rosalía llegó a cursar estudios, pero eso no frenó sus ansias de expresarse a través de la escritura, pese a sus faltas de ortografía. En 1857, cuando tenía veinte años, publicó su primer libro de versos, que fue el que hizo que Manuel Murguía entrara en su vida. Era él colaborador en periódicos y revistas. Tras conocer ese poemario, escribió una crítica alabándola en La Iberia. Si él había llegado a conocerla antes de elogiarla públicamente, se desconoce, aunque algunos biógrafos opinan que sí, ya que en esos versos se nota aún la inexperiencia de la joven y las palabras de él podrían parecer excesivas. No obstante, en ese artículo, Manuel confesó percibir un gran talento y animó a la muchacha a seguir escribiendo. Tal vez fue el empujón que ella necesitaba; de lo que no cabe duda es de que él fue un enorme apoyo intelectual y social para ella, ya que la introdujo en el circuito literario de la época y se convirtió en su primer descubridor.

    Manuel confesó haber conocido a Rosalía ese mismo año, 1857, aunque hay testimonios que lo ponen en duda. El caso es que a raíz de la crítica de él y gracias a un amigo común, la pareja se fue acercando y en 1858 contrajo matrimonio. Él siempre creyó en la gran capacidad de ella y llegó a ser uno de sus principales biógrafos, aunque una agitada vida política los mantuvo separados durante largos intervalos de tiempo. Ella misma se lo llegó a recriminar alguna vez:

    «Tú ya sabes que cuando estoy enferma me pongo de un humor del diablo, todo lo veo negro, y añadiendo a esto, que no te veo, y nuestras circunstancias malditas cien veces, con una bilis como la mía, no hay remedio sino redactar una carta como ésta, precisamente cuando va dirigida a la persona que más se quiere en el mundo y a la única a quien se le pueden decir estas cosas».

    Tuvieron siete hijos, pero dos murieron demasiado pronto. Rosalía jamás se recuperó y vivió sumida en un tremendo pesimismo y continuas depresiones. Manuel escribió esto de ella:
 
    «Y es que en ella todo era extremo, vivo, intenso, y su corazón enfermo saltaba dentro del pecho con una violencia y un ruido que hacía estremecer».

     Para 1863, la autora ya había compuesto los Cantares gallegos, pero fue Manuel quien, con total desconocimiento por parte de su esposa, decidió entregarlos a la imprenta. El libro fue un gran éxito.

    La salud de la escritora gallega siempre fue frágil. Padeció un cáncer de cuello de útero que fue empeorando progresivamente desde 1883. Antes de morir en 1885, pasó tres días de inmensa agonía. Deliraba cuando pronunció sus últimas palabras, dirigidas a su hija Alejandra: «abre esa ventana, que quiero ver el mar». Sin embargo, desde donde se encontraba era imposible ver el mar, mar que siempre había sido para ella una tentación de suicidio. Murió con cuarenta y ocho años.

    Manuel continuó viviendo hasta 1923. Poco antes de morir destruyó las cartas que conservaba de su mujer. Dejó una nota en la que explicaba su decisión:
 
    «Verdaderamente la vejez es un misterio, una cosa sin nombre, cuando he podido leer aquellas cartas que me hablaban de mis días pasados, sin que mi corazón ni mis ojos sangraran, ¿para qué?, parece que me decían. Si hemos de vernos pronto, ya hablaremos en el más allá. Preparémonos a dormir nuestro eterno sueño, nuestro sueño de paz».
 


ARTHUR CONAN DOYLE Y JEAN LECKIE




    Esta fue una relación realmente curiosa, especialmente por el carácter de ella, de quien se dice que se comportó como una auténtica madrastra de cuento.

    Arthur tuvo un primer matrimonio con Louise Hawkins, con la que engendró dos hijos. La boda se celebró en 1885 y en 1893 a Louise le diagnosticaron tuberculosis. Pese a ser un marido atento, aparentemente preocupado por su salud, desde 1897 Arthur amaba a otra mujer, Jean, quien se convirtió en el gran amor de su vida. Lo suyo fue un flechazo, amor a primera vista.

     El escritor siempre insistió en que en vida de Louise la relación con Jean fue puramente platónica, pero lo cierto es que el romance existía y lo que Arthur y ella hicieron en la intimidad quedó entre ellos, o al menos así debería haber sido, porque Louise sospechó. Incluso avisó a su hija mayor que no debía sorprenderse si él se casaba de nuevo.

     Louise vivió hasta 1906. Arthur y Jean tuvieron el decoro de esperar un año para contraer matrimonio, después de diez años amándose en secreto. Él tenía cuarenta y siete años y ella, treinta y uno. Tanto la quiso él que, para complacerla, mantuvo lejos a los dos hijos que tuvo con Louise.

    Juntos fueron felices y tuvieron tres hijos. Cuando Arthur se convirtió en uno de los principales defensores de la causa espiritista, Jean pareció desarrollar unos extraños poderes de médium. Afirmaba que recibía mensajes de los difuntos de las dos familias, aunque nunca recibió ninguno de la pobre Louise. 

    Juntos organizaron sesiones de espiritismo, una de las cuales suscitó un tremendo disgusto a su entonces amigo Houdini, ya que Jean, supuestamente poseída por el espíritu de la madre del mago, escribió una carta dirigida a este. El problema es que estaba en inglés, lengua que la mujer nunca conoció. Arthur y su esposa alegaron que los muertos se hacen más cultos con el tiempo y que, por tanto, la madre de Houdini debió de aprender la lengua anglosajona en el cielo.

      Así vivieron hasta la muerte de Arthur en 1930. La mayor parte del patrimonio del autor fue para Jean y sus tres hijos. Ella le sobrevivió diez años. En sus memorias, él había escrito estas palabras referidas a Jean:

    «El 18 de septiembre de 1907 me casé con la señorita Jean Leckie, la hija más joven de una familia de Blackheath a la que conocía desde hacía años, y que era una querida amiga de mi madre y hermana. Hay algunas cosas que uno siente demasiado íntimamente para poder expresar, y sólo puedo decir que los años han pasado sin que una sombra llegue a estropear por un momento el sol de mi verano indio que ahora se profundiza hasta un otoño dorado».

 
ANTONIO BUERO VALLEJO Y VICTORIA RODRÍGUEZ



    Él era dramaturgo y ella, una dama del teatro. Todo estaba predestinado para que se conociesen. Cuando apenas contaba con veintidós años, Victoria recibió un telegrama en el que le ofrecían un papel en una obra de Buero en el Teatro Nacional María Guerrero. Nunca se habían visto, pero para entonces, Antonio, con treinta y ocho años, ya era un autor consagrado. Victoria no dudó y dijo sí a su participación en el drama, cuyo título era Hoy es fiesta. Corría el año 1956. 

    Se conocieron en los ensayos. Él acudía todos los días y después se iban a tomar algo al Café Gijón, primero en grupo y más adelante, solos. Victoria creía que Antonio iba a los ensayos por otra chica, una salvadoreña de quien ella misma dijo que era bellísima, pero era Victoria quien se estaba ganando su corazón. 

    Ella le hablaba de usted y él, por educación, le pagaba alguna que otra consumición, igual que a otras actrices, pero sólo a ella le hizo llegar el día del estreno una bonita caja de tela llena de terrones de azúcar. Antonio tenía miedo de formar una familia que viviera sólo del teatro, pero finalmente sus sentimientos por ella fueron más fuertes y se le declaró. Ella aceptó y se casaron en 1959. 

    Su viaje de novios por Andalucía duró un mes y su vida de casados transcurrió con una rutina deliciosa para ellos. Ella representó algunas obras de él. Vivían el día a día. A él le gustaba estar en pijama y escribir en la mesa del salón, aunque tuviera a sus dos hijos correteando por allí. Nunca quiso preocuparla hablándole de su sufrimiento anterior en la cárcel a causa del franquismo, aunque no olvidó a los que allí había conocido, como Miguel Hernández. Pese a todo, Antonio siempre fue un hombre optimista. 

     Victoria siempre lo acompañó en ese mundo al que ambos pertenecían, el del teatro, pero en el que él tenía la mayor fama. Llegaron a vivir malos momentos por culpa de la dictadura franquista, hasta el punto de tener que marcharse meses a Estados Unidos para poder seguir viviendo. En las dificultades permanecieron unidos. 

    En 1986, su segundo hijo, Enrique, murió en un accidente. Años más tarde Victoria confesó que uno se acostumbra a vivir con ello, pero jamás se supera; ni ella ni Antonio lo hicieron, pero tenían que seguir viviendo. Lo hicieron juntos y con tanto amor como siempre se habían tenido. 


    Antonio murió en el año 2000 con ochenta y tres años a causa de una parada cardiorrespiratoria. Se despidieron en el mismo lugar en que se habían conocido, el Teatro María Guerrero, donde él tuvo su capilla ardiente. Victoria, que nació en 1931, continúa viva. En una entrevista de 2016 declaró esto: 

    «Aún le amo demasiado. Antonio fue todo en mi vida. Hace ya dieciséis años que murió y aún está presente en todos los rincones. Entre los libros, los cuadros o en los dibujos que lucen orgullosos en las paredes. En cualquier parte».

 
LOUISA MAY ALCOTT Y HENRY DAVID THOREAU



    Este fue un amor no correspondido que empezó a una edad muy temprana y duró algunos años. Louisa tenía sólo ocho años cuando su familia se trasladó a Concord, en Massachusetts. Fue allí donde la célebre autora compuso su primer poema, inspirado en un humilde petirrojo, pero también donde conoció a Henry, que era quince años mayor que ella. A Louisa le encantaba pasear cerca de la casa de la familia Thoreau, situada en lo más recóndito del pequeño valle en el que vivían. 

    Con la llegada de Nathaniel Hawthorne se formó un grupo inseparable de amigos e intelectuales: el propio Hawthorne, Louisa, Henry y Ralph Waldo Emerson. Los tres mayores permitían a la joven acceder a sus bibliotecas. Ella cada día disfrutaba más de sus conversaciones con Henry. 

    La familia Alcott vivió algunos apuros y tuvo que mudarse durante un año. A su vuelta, Louisa recuperó su alegría anterior y retomó el contacto con sus antiguos amigos. En 1846, la autora tenía catorce años. Fue cuando cayó enamorada de Henry, a quien siempre había admirado. Él, en cambio, ni se había dado cuenta de lo que le pasaba a ella por la cabeza, aunque Louisa era feliz estando a su lado, escribiendo sus primeros cuentos y leyendo a sus autores preferidos. 

    Pasaron los meses y Louisa empezó a publicar. Henry vivía solo en una casa que se había construido a orillas de un lago. Seguía sin dar muestras de tener ningún sentimiento especial por Louisa, más allá de una amistad. Ella empezó a perder las esperanzas y a pensar que no volvería a enamorarse nunca. 

    Un día, la muchacha fue con su familia a visitarlo a su cabaña. Fue el día en que más cerca estuvo de declarársele. Caminando los dos solos, él le tomó la mano. Luego dieron un paseo en barca durante el cual él tocó algunas melodías con su flauta. Desembarcaron en un prado lleno de flores y estuvieron recogiendo algunas. Cuando estaba llegando el ocaso, tras una caminata por el bosque, regresaron con el resto del grupo. Louisa no sólo no le había dicho nada, sino que se dio cuenta de que nunca sería para él nada más que una amiga. 

    Los Alcott tuvieron que volver a mudarse y la carrera de Louisa fue despegando. En 1862 ella supo que él estaba enfermo. Llevaba ya años padeciendo una tuberculosis. Quizá su pasión ya no era la misma, pero seguía sintiendo un enorme afecto por él. Era el primer hombre del que había estado enamorada. Louisa sabía que verle en ese estado le provocaría un enorme dolor, pero quería visitarlo. 

    Henry ya no podía levantarse de la cama. Cuando alguien iba a verlo, se hacía llevar hasta la puerta de su casa para que le sentaran allí y evitarle al visitante un mal trago al verlo postrado en el lecho. Así debió de verle ella por última vez. Su gran amigo y mentor murió con cuarenta y cuatro años, el 6 de mayo de 1862. 

    Años después, Louisa conoció a un joven, su Laddie, que le recordaba mucho a Henry, pero esa es otra historia. 


Si tenéis un ratito, contadme si conocíais estos romances. ¿Os ha llamado la atención alguno? 

Resumen de la Feria del Libro de Sevilla de 2016

08/05/2016
      
     Un año más, una edición más de la Feria del Libro de Sevilla, mi ciudad. En esta ocasión ha estado dedicada al libro infantil y juvenil y creo que eso la ha hecho particularmente bonita, porque la imaginación y la fantasía deben comenzar a crecer en la infancia para no perderse nunca.

    Otros años he sido madrugadora y he asistido a la feria en las primeras horas de la mañana. No recuerdo haberme topado nunca con una firma de libros por ese motivo, ya que suelen empezar algo más tarde. Esta vez, sin embargo, he ido a horas en que la afluencia de público era amplia y las firmas ya había comenzado. Así, he tenido la oportunidad de ver a escritores como Antonio Rodríguez Almodóvar, Juan Eslava Galán, Santiago Posteguillo y Almudena Grandes, aunque esta última no es santo de mi devoción.

                                       Santiago Posteguillo

    Lo único negativo que he vivido es tener que ver que algunos autores menos conocidos permanecían largos ratos de brazos cruzados porque nadie se les acercaba. Comprendo que los grandes que he nombrado antes consigan largas colas de lectores para una firma, pero me da lástima que el trabajo de otros no se reconozca y las ilusiones puestas en algo que es parte de sí mismos se vean desvanecidas por el escaso reconocimiento. En fin, nadie dijo que la vida fuera fácil y el oficio de escritor, aunque pueda ser gratificante, también es duro.

      La cola para conseguir la firma de Santiago Posteguillo

    Por otro lado, hemos tenido algunos días pasados por agua. Se dice que en Sevilla la lluvia es una maravilla, pero esto no se puede aplicar si hay libros de por medio. Con todo, el ambiente no ha decaído y he visto más gente que en ediciones anteriores.


    No sólo ha habido muchas visitas y algo de agua, sino, sobre todo, mucho talento, y no me refiero únicamente a los autores, sino a mil detalles, como este de una de las librerías:


   Y también bonitos obsequios, como este marcapáginas que me dieron en otra caseta. Me encanta el mensaje:


    Y ahora sí, mis compras. No he comprado nada de lo que tenía pensado y me he venido a casa con libros muy diferentes de lo que suelo leer. Sólo me he traído dos, porque a pesar del 10% de descuento, toca cuidar un poco la economía. El primero es muy peculiar. No llevaba en mente nada comprar nada así cuando llegué a la feria, pero es tan original y me gustó tanto que no lo pude evitar. Aquí lo tenéis:


        Tras el descuento, el precio se quedó en poco más de diez euros y creo que merece la pena. Las recetas están nada más y nada menos que en verso, como podéis ver aquí (pinchad encima para ver la imagen más grande):


    Mi novio me dijo que si ya de por sí no se me da bien la cocina, cómo me compraba un libro con recetas en verso, pero le contesté que si el autor había conseguido comprimirlas en poemas breves, no podían ser difíciles, y así es. Además, me gustan mucho las comidas tradicionales que vienen. Por supuesto, ya estoy deseando hacer los Duelos y quebrantos quijotescos. Además, los distintos apartados están separados por preciosos dibujos como estos:













    Con la otra compra estoy muy ilusionada. Fue una recomendación, y yo, que soy una enamorada de mi ciudad, no tardé en buscarla. Adoro todo lo que tenga que ver con la historia y las leyendas de Sevilla, y esta obra parece ideal para empaparse de ello:


    No es un libro sesudo que se adentre en profundos recovecos y descripciones que harían las delicias de exigentes incondicionales de la historia, sino que se centra en los datos más relevantes de cada etapa, contando anécdotas y curiosidades que captarían la atención de cualquiera sin provocarle nunca el aburrimiento. De este modo, los apartados son muy breves; no se dedican páginas y páginas a hablar de lo mismo. 

    No lo voy a leer todavía porque tengo otros dos entre manos, pero estoy deseando hincarle el diente. Anoche lo hojeé y me enteré de cuestiones muy interesantes, como que el suelo sevillano es relativamente reciente. Al parecer, esto era un lago y hasta aproximadamente el año 1000 a. C. no se formó una isla que fue aprovechada por pescadores y cazadores. 

    He visto que hay un capítulo dedicado a Cervantes y Lope de Vega en la ciudad, se nos cuenta cómo eran los rincones más importantes en distintos períodos y se ofrecen apuntes tan llamativos como cuál era la sede de la Inquisición y el lugar donde llevaba a cabo sus actuaciones. Cuando lo lea, aportaré más información en la reseña.

    Esto es lo que ha dado de sí para mí esta Feria del Libro de Sevilla en 2016. Espero que el año que viene pueda repetir.

Especial San Valentín: Aquellos escritores que también amaron

14/02/2016

    Se alzan algunas voces en nuestra sociedad para gritar que lo romántico es ñoñez, que el verdadero amor no existe, que los finales felices son propios de los cuentos de hadas… y yo me sorprendo por cómo nos dejamos convencer. ¿De verdad debemos creer ese nuevo mantra que se nos ha inculcado? ¿Es que entonces comenzamos relaciones sin tener fe en un desenlace dichoso? ¿Y si acaba mal, no fue amor? Además, ¿no estamos confundiendo amor con enamoramiento?

   El amor no es cursi, el amor es fuerza. Puede presentarse de muchas maneras y bajo muchas formas: el amor por la pareja, por la familia, por los amigos, por algún animal… El amor nos hace humanos y ya sólo por eso merece el mayor de los respetos. Pocas fuerzas hay tan poderosas: ha inspirado grandísimas obras de la literatura, canciones, películas, pinturas, esculturas… No es un invento de Disney. Preguntémosles a Pigmalión, a Penélope, a Cupido y Psique (Amor y Alma), etcétera.

   El amor nos ha acompañado siempre y siempre nos acompañará. Hoy, con motivo de la festividad de San Valentín, quiero hablar de algunos magníficos escritores que cayeron en manos del amor, de un amor trágico o de uno feliz.


ANTONIO MACHADO Y LEONOR IZQUIERDO



    En 1907, Machado contaba ya con 32 años de edad. En esa época, el poeta se hallaba establecido en Soria como profesor. Al cerrarse la pensión en la que se hospedaba, se trasladó a otra regida por la familia de Leonor Izquierdo Cuevas. Allí se conocieron cuando ella tenía tan sólo 13 años. A Leonor la pretendía entonces un joven barbero. Nuestro escritor, que había quedado impresionado por la chiquilla, estaba celoso y no sabía qué hacer para llegar a ella. Como si de un descuido se tratase, un día decidió dejar “olvidados” en la pensión unos versos:

Y la niña que yo quiero,
¡ay!, preferirá casarse
con un mocito barbero.

     Leonor captó el mensaje y la relación amorosa entre ambos comenzó. Los padres de la niña consintieron el enlace con la condición de que esperaran a que ella cumpliera los 15. La boda, celebrada el 30 de julio de 1909 en la iglesia de Santa María la Mayor, atrajo a muchos curiosos. Los novios tuvieron que sufrir burlas motivadas por la diferencia de edad. Machado llegó a confesar que el día de su boda fue un verdadero suplicio. No obstante, Antonio y Leonor tuvieron un matrimonio muy feliz hasta que la tuberculosis condujo a la muchacha a la muerte cuando contaba con 18 años.


Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


MIGUEL DELIBES Y ÁNGELES DE CASTRO



«Nos bastaba mirarnos y sabernos».

    Miguel y Ángeles se amaron verdaderamente y el reflejo de ese amor se observa en la obra del escritor, especialmente en Mujer de rojo sobre fondo gris. En 1941, cuando Delibes tenía 21 años, ya eran novios. En 1946 se casaron y pasaron toda su vida juntos. Tuvieron siete hijos. Antes incluso de que él se hubiera labrado un nombre, ella le animaba a escribir y lo convenció para que se presentara al premio Nadal, que acabó ganando con La sombra del ciprés es alargada. Siempre fue un apoyo para él en lo personal y en lo profesional.

   Ángeles murió en 1974, con 48 años, por un infarto de tronco tras una intervención quirúrgica realizada por un tumor cerebral. En la vida de Miguel esto fue una gigantesca tragedia. Se sumió en una depresión que vino acompañada de una importante crisis creativa que tardó años en superar. Cuando Delibes ingresó en la RAE, unos meses después del fallecimiento de su mujer, pronunció estas palabras en su discurso:

«Soy consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo».

    El amor de Miguel por su esposa continuó más allá de la muerte y su pérdida lo marcó para el resto de su vida. Sin ella, su pesimismo y su carácter melancólico se fueron acentuando. En 1991 publicó Señora de rojo sobre fondo gris, dedicado a Ángeles. El título está tomado de un cuadro que el pintor Eduardo García Benito hizo de la esposa de Delibes.


JOHN RONALD REUEL TOLKIEN Y EDITH BRATT

    
    
    John y Edith se conocieron en 1908, cuando él tenía 16 años y ella 19. Huérfanos ambos, eran huéspedes en la misma casa por decisión de sus tutores. Los dos trabaron una amistad que en 1909 derivó en algo más. Se divertían arrojando terrones de azúcar a los sombreros de los transeúntes desde los balcones de las casas de té y paseando en bicicleta. Inventaron un silbido privado para que Tolkien se asomara a la ventana y pudiese ver a Edith en la de abajo.

    A pesar de que su gran amor era evidente, el padre Morgan, tutor del escritor, le prohibió continuar el romance hasta que alcanzara la mayoría de edad a los 21 años. El joven obedeció al pie de la letra y se centró en terminar sus estudios.

    Al quedar la relación rota, Edith se comprometió con George Field, creyendo que John la había olvidado. Sin embargo, la misma noche en que él cumplió los 21, le escribió una carta a su amada declarándose y pidiéndole que se casara con él. La muchacha devolvió su anillo de compromiso y aceptó la propuesta de John. Se casaron en 1916.


        En su matrimonio no todo fue de color rosa. Edith tuvo que aceptar de mala gana convertirse al catolicismo para poder casarse con Tolkien. Además no toleraba bien la amistad de su marido con C.S. Lewis, a quien consideraba un intruso en su hogar. Ella tampoco logró integrarse en el círculo intelectual en el que él se movía. A todo esto se suma que él tuvo que marcharse a servir en la Primera Guerra Mundial.

    Con todo, ambos se amaban y no permitieron que las dificultades destruyeran su relación. Lograron llegar a un entendimiento. Edith no practicaba el catolicismo, pero mantenía en privado su resentimiento hacia la Iglesia, y la amistad de Tolkien con Lewis acabó enfriándose. Tras su jubilación, el autor eligió para vivir un lugar en el que su esposa pudiera ser realmente feliz, cerca de Bournemouth, pese a que él no se sentía cómodo allí.

    Edith inspiró a John para crear el personaje de Lúthien Tinúviel. Un día en que ambos, en plena juventud, paseaban por un bosque, en un claro sembrado de cicutas ella bailó para él. Así nació la hermosa elfa y la historia de Beren y Lúthien, nombres que figuran en la lápida que John y Edith comparten.


CHARLOTTE BRONTË Y CONSTANTIN HÉGER


   
    Pocas cosas hay peores que un amor no correspondido, y eso es lo que le sucedió a Charlotte Brontë. Ella y su hermana Emily querían mejorar su francés. Para ello, en 1842 pusieron rumbo a Bruselas, donde ingresaron en una escuela regentada por Constantin Héger y su mujer. Mienstras practicaban el idioma, Charlotte impartía clases de francés y Emily de música. Constantin llegó a guiar a Charlotte en su escritura y la enseñó a no tener miedo de eliminar todo lo que sobrara.

    Ella se fue enamorando de él a pesar de que estaba casado y tenía varios hijos. Sin embargo, pocos meses después, las hermanas tuvieron que regresar a su hogar por la muerte de su tía Elizabeth. Fue a principios de 1843 cuando Charlotte, esta vez sola, viajó nuevamente a Bruselas. En esta ocasión su amor continuó creciendo, pero también sentía nostalgia de Haworth. Pasó un año hasta que decidió marcharse a su hogar. Una vez allí comenzó a enviarle cartas casi desesperadas a su antiguo profesor, aunque no él no sentía lo mismo y las misivas quedaron sin respuesta.


     «Me parece verdaderamente difícil estar animada cuando pienso que quizás no vuelva a verlo nunca más».

     «Cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco».

     «Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente».

    Se dice que Héger destruyó las cartas de Charlotte, pero que fue su propia esposa quien recogió y recompuso algunas, que son las que se conocen.

    A la escritora la persiguió ese amor durante mucho tiempo. Tanto El profesor como Villette están basadas en su historia. Incluso su mejor obra, Jane Eyre, parece la plasmación de sus fantasías, la culminación de un amor que para ella no pudo ser feliz.


FÉLIX LOPE DE VEGA Y MARTA DE NEVARES



    Lope de Vega tuvo dos esposas y numerosísimas amantes a lo largo de su vida. Su último y más trágico amor lo vivió con Marta de Nevares.

    Con 13 años, Marta fue obligada a contraer matrimonio con el comerciante Roque Hernández de Ayala. En 1616, cuando ya había cumplido los 25, ella y Lope se conocieron en un jardín en el que se organizaba un evento poético. En ese momento, el dramaturgo tenía 54 años. No sólo era mucho mayor que ella, sino que ya se había ordenado sacerdote, hecho que no le impidió iniciar con ella una relación que duraría nada menos que dieciséis años. Estos amores sacrílegos provocaron las burlas de otros escritores enemigos de Lope. Las circunstancias empeoraron con el nacimiento de una hija, Antonia Clara, en 1617. Marta quiso separarse entonces de su marido, que intentó quedarse con la niña, ya que se había bautizado como si fuera suya. Casual y convenientemente, Roque murió.

    La pareja sobrellevó como pudo las murmuraciones y permaneció unida en la madrileña casa de la calle Francos (hoy, calle Cervantes). Sus primeros años juntos fueron felices. Lope la convirtió en la Amarilis de sus poemas y posteriormente en Marcia Leonarda, y ella compartía la pasión de él por los versos. Inteligentes, cultos y llenos de amor, eran una pareja ideal.

    Corría el año 1622 cuando Marta comenzó a quedarse ciega. En 1626 perdió la vista por completo. Lope le proporcionó todos los cuidados que estaban en su mano. Pero eso no era todo. En 1628, Marta sufrió sus primeros síntomas de locura. Al final perdió por completo la razón. El autor, ya viejo y cansado, se mantuvo a su lado hasta que la muerte se la llevó en 1632. 

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.


     En la vida de los grandes escritores hay muchas más historias de amor que merecen ser contadas y recordadas. Por motivos evidentes, yo he tenido que seleccionar sólo cinco. ¿Las conocíais?

Las fiestas y costumbres de Campo Maior

26/08/2015

     Hoy he vivido una experiencia completamente nueva y ha sido tan gratificante que la comparto con vosotros por si alguien tiene ocasión de experimentarla también. Me han llevado por sorpresa a Portugal, concretamente a la localidad de Campo Maior, donde, desde el día 22 de agosto hasta el 30 del mismo mes, se están celebrando las Festas do Povo o Fiesta de las Flores.

     Esta tradición se remonta a finales del siglo XIX, pero la manera en que se celebra hoy en día tiene un origen más reciente. Los vecinos del pueblo engalanan las calles con flores y otros objetos elaborados con papel y cartón y son capaces de crear auténticas obras de arte, variadas y coloridas.

     Según me han contado, esta fiesta se celebra cada cuatro años y, aunque en ediciones anteriores la entrada era gratuita, este año cuesta cuatro euros, pero os aseguro que merece la pena ir. Además, el trabajo de la gente bien vale el precio.

     Al parecer, este año es especial, puesto que el pueblo aspira a que la Unesco catalogue esta festividad como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No sé si lo logrará, pero desde luego, es algo digno de verse. 

     Os dejo algunas fotos, aunque cuando las he pasado al ordenador me he dado cuenta de que no reflejan la belleza real ni el auténtico ambiente. Podéis verlas más grandes si pincháis encima.








     Toda la zona ajardinada de esta foto, incluida la vegetación de la fuente, es de papel: 





     Hay muchas más calles engalanadas, pero no quiero saturar la página con demasiadas fotos, porque además esto no es todo, sino que también he podido ver el Museu Aberto, que es lo que ya me ha terminado de conquistar. Se trata de un museo de historia y costumbres. Una vez más, las fotografías no le hacen justicia:











     Como podréis imaginar, he vuelto a casa de lo más contenta. Si tenéis oportunidad de pasaros por Campo Maior, no la dejéis escapar.