Te regalaré las estrellas

 28/06/2026

The givers of stars, traducido en su versión española como Te regalaré las estrellas, se publicó originalmente en inglés en octubre de 2019. En España, Suma de Letras lo lanzó al mercado apenas un mes después, tanto en papel, en una edición de 512 páginas, como en formato digital. Desde 2021 cuenta también con una edición en Debolsillo con ese mismo número de páginas. 

Mientras que la edición de Suma está a la venta por 20,90 €, la de bolsillo puede conseguirse por 11,95.

Se trata de la décimoquinta novela larga de Jojo Moyes, una autora que cuenta ya con una larga trayectoria y que se halla bastante consolidada en el mercado literario español.


¿De qué trata? (Sinopsis de la editorial):

Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio.

Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región.

A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece.

 

 ¿Qué opino yo?(Sin destripes):

Escogí este libro de Jojo Moyes al azar porque no sabía muy bien qué leer. Parecía que no me apetecía ninguna novela y, como hasta ahora esta autora ha sido un acierto para mí, me decidí por ella, a pesar de no tener prácticamente ninguna referencia de este título.

Como ya comenté en la reseña de La casa de las olas, cuantas más obras de Moyes leo, con más claridad percibo lo mal catalogada que está. Aunque ha ganado algún premio como escritora de novela romántica, a mi juicio no se adapta a este subgénero, al menos con los libros que he leído hasta el momento. El amor no es el eje de sus tramas. De hecho, a veces ese amor ni siquiera acaba bien. Las 
vivencias de los protagonistas no se encaminan a desarrollarse mediante una relación sentimental, sino que en sus vidas afrontan un cúmulo de vicisitudes, algunas realmente traumáticas, que les empujan a crecer como individuos y, de fondo, en medio de esa vorágine de acontecimientos, pueden conectar con alguien a quien lleguen a amar, pero que no es imprescindible para su evolución. Dicho de otro modo, los personajes pueden encontrar apoyo en esa relación amorosa, pero se encuentran a sí mismos fuera de ella. De hecho, somo sucede también en El viaje de las novias, la relación más importante e interesante de este libro es la que protagonizan las cinco mujeres sobre las que gira la historia.

Aunque son personajes de ficción, estas muchachas se sienten muy reales, auténticas, en el sentido de que no siempre pueden con todo; pueden ser inseguras o indecisas; tienen fuerza de voluntad, aunque en ocasiones no sea suficiente; unas veces luchan y otras desean rendirse, pero siempre se apoyan las unas a las otras.


«Alice pensó en las palabras de Margery, unas palabras a las que llevaba días dándoles vueltas: "Siempre hay una solución para cualquier problema. Puede que sea desagradable. Puede que te haga sentir como si la tierra hubiera desaparecido bajo tus pies... Siempre hay una forma de salir"».

La trama se inicia con una prolepsis en la que una de estas protagonistas se ve involucrada sin esperarlo en un acontecimiento que, sin que ellas ni nosotros nos demos cuenta, se va enmarañando y tomando forma de una auténtica amenaza.

Después de este inicio tan agitado, la autora cambia de personaje y ritmo, y hasta de lugar brevemente, y vuelve a un punto anterior para contar los hechos en orden cronológico. 

Así, de golpe y porrazo, se nos presentan las dos mujeres más relevantes de la obra: Margery y Alice, dos mujeres que, en principio, no tienen nada que ver la una con la otra.

Como ya me sucedió en El viaje de las novias, he aprendido sobre hechos históricos que, aunque sin preponderancia en la historia universal, sí resultaron trascendentales para quienes los protagonizaron. En Te regalaré las estrellas, el hecho en cuestión fue igualmente importante para las comunidades que acogieron a esas personas. En el caso de este libro, me refiero concretamente a las bibliotecarias que en los EE. UU. de la primera mitad del siglo XX, concretamente durante la Gran Depresión, no dudaron en montar a caballo y asumir el riesgo de cabalgar por los bosques para acercar los libros a aquellas gentes más alejadas de las grandes poblaciones. Aunque la trama sea ficticia y los personajes inventados, la autora se inspira en ese hecho que sí fue real.

La novela, que se narra en veintiocho capítulos precedidos de un prólogo, transcurre casi en su totalidad (exceptuando alguna analepsis en Inglaterra) en Baileyville, un pueblo ficticio de Kentucky. El desencadenante inicial es la búsqueda de voluntarias para la biblioteca itinerante. Margery es quien ya tiene experiencia, pero no tarda en unírsele Alice, una inglesa que no logra encajar en la comunidad y cuyo reciente matrimonio hace aguas. 

Por diversas circunstancias, el grupo se completa con las incorporaciones de Izzy, Beth y Sophia. Entre todas logran un relato rico y representativo, pues no sólo afrontan las dificultades que conllevan la tarea que se han impuesto, sino que cada una vive su propia pugna personal que las convierte en seres complejos a los que queremos acompañar en su lucha y su evolución. Por ejemplo, Izzy comienza siendo una joven reacia y temerosa a causa de una discapacidad física; Beth es una muchacha con costumbres tradicionalmente masculinas que se siente atrapada en una casa habitada sólo por varones que exigen de ella un rol en el que no encaja; por último, Sophia es una mujer negra que se ve obligada a ocultarse para trabajar en la biblioteca y evitar de este modo conflictos raciales, a pesar de ser la más culta y capacitada para el desempeño de esta tarea.

Como dije más arriba, son Margery y Alice quienes tienen mayor peso y las que protagonizan los momentos más duros. La primera carga con el estigma de pertenecer a una familia conflictiva, pero a esa herencia se le suma su carácter terco y áspero, una reafirmación continua de su independencia, una rebeldía contra las normas morales y una libertad no siempre bien entendida.


«—A veces pienso que amas estas montañas tanto como yo. 

Alice dio una patada a una piedrecita con el tacón. 

—Creo que me gustan más que ningún otro sitio del mundo. Me siento… más yo aquí arriba. 

Margery la miró con una sonrisa cómplice. 

—Es lo que la gente no ve, encerrada en sus ciudades, con el ruido y el humo y las diminutas cajas que tienen por casas. Allí arriba se puede respirar. No se oyen las continuas conversaciones de las ciudades. No hay ojos mirándote, salvo los de Dios. Solo estás tú, los árboles, los pájaros, el río, el cielo y la libertad… Lo que hay allí arriba es bueno para el alma».


Alice, por su parte, se metió ella sola en su jaula al casarse con un estadounidense para escapar de un ambiente que le resultaba opresivo. Su drama se inicia cuando se percata de que ha cambiado una prisión por otra mucho peor, una en la que es agraviada y vejada. Eso hace que su batalla por encontrarse a sí misma y su recorrido hacia la autodeterminación sean tan difíciles para ella como atrayentes para el lector.

El ritmo narrativo es lento, especialmente en los primeros capítulos, cuya ausencia de acción me hizo temer que toda la novela girara únicamente en torno a las bibliotecarias llevándole libros a la gente, pero, por fortuna, no es así. La trama avanza despacio, o esa es la sensación que puede dar, porque lo cierto es que desde el principio se van generando situaciones cuyas consecuencias van dando la cara poco a poco hasta que se produce el gran estallido que los arrastra a todos por completo. Esto se entremezcla también con los problemas derivados del abuso al que son sometidos los trabajadores de la mina existente en
 la zona, cuyas vidas carecen de valor para el dueño, el poderoso Van Cleve, suegro de Alice.


El estilo de Jojo Moyes en esta novela parece haberse relajado un poco con respecto a algunas otras anteriores, aunque no puedo precisar hasta qué punto esto es así en el original o se debe a la traducción. Me refiero, en concreto, a alguna ocasión puntual en la que se usa la segunda persona en una apelación directa al receptor. Este es un rasgo de coloquialidad en el que no creo que deba caer un escritor cuya pretensión no sea que el narrador intervenga directamente para comunicar sus opiniones y pensamientos propios al lector, convirtiéndose así, no en personaje, pero sí en una entidad participativa dentro del relato. Como este no es el caso, esa segunda persona me sobra. Por fortuna, sucede poco y, con excepción del prólogo, todo el libro se narra en tercera persona con los tiempos verbales más propios de la narración: el pretérito imperfecto y el pretérito perfecto simple, así que en este aspecto, nada que objetar.

Como vemos, aunque no es un libro completamente perfecto, sí resulta una buena lectura: amena, absorbente e instructiva. En ella están presentes el abuso de poder, el maltrato, el amor, la amistad femenina, los prejuicios, el racismo, la búsqueda de la libertad individual, la reafirmación de la propia identidad y el valor de la cultura.

Maribel y la extraña familia

 29/05/2026

 

Miguel Mihura escribió Maribel y la extraña familia en 1959 y ese mismo año, concretamente el 29 de septiembre, se estrenó en el teatro Infanta Beatriz de Madrid, ya extinto. Desde ese mismo momento conoció un amplio éxito, hasta tal punto que en 1960 se llevó al cine por primera vez. El propio Mihura participó en la redacción del guion.

El texto original ha conocido multitud de ediciones. Hoy por hoy podemos encontrarlo en Austral, Vicens Vives, Castalia y Cátedra por un precio que ronda en torno a los diez euros. 

 

¿De qué trata?:

Marcelino, dueño de una fábrica de chocolatinas en un pequeño pueblo de Cuenca, decide que quiere casarse y para buscar novia se marcha junto con su madre, Matilde, a Madrid, donde reside su tía Paula. Los tres están de acuerdo en que Marcelino, apocado y retraído, necesita una muchacha alegre y moderna que pueda animarle el carácter. Sin embargo, en su ingenuidad, se fija en una bonita joven que le sonríe en un bar y no puede ni imaginarse que la elegida de su corazón es, en realidad, una prostituta.

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Durante la década de los años 50 del siglo XX, España vivía inmersa en la dictadura franquista, que supuso un obstáculo para la libertad creativa, pues la maquinaria censora del régimen campaba a sus anchas y, para sortearla, los autores debían hacer un ejercicio no solamente de valentía, sino también de ingenio. Además, la injerencia del gobierno de Franco en el mundo cultural llevó a los empresarios teatrales a mantener una conducta prudente con la que evitar el escándalo, por lo que sentían rechazo hacia la innovación y apostaban por obras más convencionales y de argumentos previsibles.

Por todo lo anterior, grandes figuras de la escena teatral española como Enrique Jardiel Poncela y Antonio Buero Vallejo se toparon con importantes dificultades para que algunas de sus creaciones fueran aceptadas. También Mihura las tuvo, aunque más por las peculiaridades de su humor y el tratamiento que hacía de algunos temas delicados.

En este contexto complejo en el que los autores se hallaban sumidos, cobró mucha fuerza un tercer elemento en discordia, el cine, considerado un potente competidor por su capacidad para ocupar el espacio destinado al entretenimiento de masas. No obstante, la convivencia entre ambos medios artísticos terminó siendo posible. Incluso, en ocasiones, el texto teatral se vio influido por el ritmo del guion cinematográfico.

Las tendencias teatrales divergieron, lo que dio origen a dos corrientes principales, una seria y otra cómica que buscaba la crítica mediante el humor y el absurdo. Próximos a este segundo grupo, Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela rompieron los esquemas tradicionales de comicidad y alcanzaron la cota más alta del teatro español humorístico. 

Poncela estructuró su teatro sobre lo inverosímil y el vodevil, mientras que el rechazo de Mihura por los convencionalismos sociales se basaba en situaciones más asentadas en el espacio cotidiano. Es ahí donde se inserta Maribel y la extraña familia, una obra que, como ya recomendó Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias tres siglos antes, se estructura en tres actos, correspondientes a planteamiento, nudo y desenlace.

En ellos conocemos una considerable variedad de personajes que representan diversas escalas sociales, pero también morales, y no siempre hay una correlación directa. Sirven a Miguel Mihura como muestrario de la desigualdad, la hipocresía, el idealismo y la desconsideración hacia la bondad ajena, temas todos ellos serios y relevantes, aunque planteados en estas páginas desde la sátira y la ironía.


«Lo que pasa es que ahora a las personas inocentes y buenas se las llama locas o maniáticas, porque la verdadera bondad, por ser poco corriente, no la comprende nadie».

La excentricidad, presente desde el principio, se une a los ingredientes antes mencionados para dar lugar a un humor mordaz que nos descubre un texto inteligente: crítico a la par que divertido, intrigante al mismo tiempo que conmovedor. 

El tema, el amor entre una prostituta y un ingenuo hombre adinerado, resultaba a todas luces escandaloso e inmoral para la época, pero el talento del autor, con sus sutilezas, juegos de palabras y dobles sentidos, le ganó la partida a la censura.

Como todos sabemos, el género dramático está sometido a condicionamientos distintos de los del narrativo, por lo que un cambio psicológico o de circunstancias se observa con el paso de un acto a otro. Así pues, mientras que en el primer acto nos son presentados muchos personajes y hay simpatiquísimos equívocos entre ellos, en el segundo se profundiza en un posible misterio que ya venía planeando de forma casi imperceptible.

La acción comienza en el pisito madrileño de doña Paula, una anciana de lo más peculiar que lleva sin salir a la calle cincuenta años, pero no es una suerte de señorita Havisham ni de lejos, sino una mujer que ha construido su propia manera de ser feliz. Escucha jazz, recibe visitas previo pago para poder contar lo que necesite sin tener que molestarse en dar reciprocidad y cuida de su querida cotorra, además de que siente gran admiración por todo lo que cree moderno, como le sucede a su hermana, doña Matilde.

En esta primera parte se revela que esta última ha viajado desde el pueblecito de Cuenca en el que reside para visitar junto con su hijo, Marcelino, a Paula, y que él pueda encontrar una novia moderna que le dé alegría. Todos quieren una chica con desparpajo, que se ría mucho, que fume... Total, una chica que represente un cambio de aires muy deseado. Ahí es donde entra en escena Maribel, que no sabe nada de todo esto, pero que reúne todas esas características. Marcelino queda prendado al instante de ella porque, en su ingenuidad, no supo interpretar el auténtico motivo de que ella lo mirara y le sonriera en un bar. Aquí, obviamente, se empieza a montar un lío de narices, ya que mientras que para Maribel él es un cliente, Marcelino cree estar iniciando una relación que culminará en boda, y no se le ocurre otra cosa que invitarla al piso. Allí acude ella con la intención de ejercer su oficio, pero lo que él tenía en mente era presentarle por sorpresa a su madre y su tía, que se muestran encantadísimas.

Estas primeras escenas son hilarantes por toda la confusión, con una Maribel totalmente desconcertada al ver a unas ancianas tan efusivas y felices por el hecho de que su hijo y sobrino haya llevado a casa a una prostituta y quiera casarse con ella.

Mi personaje preferido en este caso es Maribel. Ella es quien experimenta los cambios más importantes y me ha resultado muy entrañable cuando va mostrando su deseo de ser aceptada y amada. Comienza a verse a través de los ojos de Marcelino y a creer que puede ser como cualquier otra mujer digna de amor. Sin embargo, el miedo a que el sueño se rompa siempre está presente.

Todo se complica más con la entrada en escena de las compañeras de trabajo y amigas de Maribel, que con sus comentarios y teorías rocambolescas sobre un posible secreto de Marcelino contribuyen en gran medida a los momentos de más humorísticos.

El libro plantea también una idea interesante: cómo las personas bondadosas o ingenuas son muchas veces malinterpretadas. En ocasiones, la gente se resiste a creer que exista alguien con un corazón tan puro; o bien no lo entienden o bien lo envidian, y pueden burlarse, aprovecharse de esa persona o ponerla en entredicho, como sucede aquí con Paula, Matilde y Marcelino.

En mi opinión, estamos ante una obra esperanzadora que nos transmite que, sean cuales sean las circunstancias, es nuestra elección quedarnos estancados en lo que hemos sido o avanzar hacia aquello que podemos llegar a ser.

El final puede gustar más o menos, pero, sin duda, daría lugar a un buen debate. 

Villa Vitoria

 03/05/2026

 
 
Villa Vitoria, publicada por primera vez en el Reino Unido en 1949 y cuyo título original es Vittoria Cottage, es la vigésimocuarta novela de su autora. Se trata del inicio de una trilogía cuyas continuaciones son Music in the hills y Winter and Rough Weather, inéditas en España.
 
Alba Editorial se hizo cargo de la traducción en nuestro país de Villa Vitoria y su consiguiente publicación en 2016. Por ahora, en el mercado editorial patrio existe la saga completa de la señorita Buncle, Las cuatro graciasAmberwell y, con fecha próxima de publicación, Summerhills.

¿De qué trata? (Sinopsis de la editorial):

Cerca de Wandlebury, el pueblo en torno al cual gira la saga de la señorita Buncle y Las cuatro Gracias, hay otro pueblecito, Ashbridge, donde la gente «tiene algo isabelino» y es «sencilla y valiente». En las afueras se alza Villa Vitoria, que un capitán mandó construir «después de luchar en la batalla de Vitoria y contribuir a la expulsión de José Bonaparte de España». Ahora esta romántica casa de campo es famosa por su jardín florido y por la hospitalidad y buen humor de su residente, Caroline Dering, viuda de un hombre a quien solo se recuerda por su antipatía y fatalismo, y madre de tres hijos. 

Corren los tiempos de la inmediata posguerra: las heridas de la Segunda Guerra Mundial aún no han cicatrizado, el racionamiento limita la vida e impone el ingenio o la resignación, y el pueblo sirve de refugio a seres atormentados por la reciente experiencia, como el señor Shepperton, que se instala en la posada del pueblo con un trágico y misterioso pasado a cuestas. El señor Shepperton hace buenas migas enseguida con la señora Dering … pero ésta no cuenta con que la llegada de su hermana Harriet, célebre actriz de los escenarios londinenses, pueda complicar las cosas. En Villa Vitoria (1949) volvemos a encontrar el gusto de D. E. Stevenson por la comedia campestre y por las «dificultades» de pequeños personajes que «se parecían mucho a las del ancho mundo, pero vistas desde el otro lado del telescopio».

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes): 

Mi primer libro de Dorothy Emily Stevenson  y qué bonita ha sido su lectura. Hace unos días que lo terminé y estoy echando de menos sumergirme en él. 

Es una novela que invita a la alegría y al optimismo, pese a los problemas y las preocupaciones, y por eso he iniciado mis mañanas con ella mientras tomaba un desayuno sano y delicioso.

Esta autora no existió para mí hasta que Alba Editorial vio su calidad y tradujo para nosotros El libro de la señorita Buncle. Entonces, en la época en la que los blogs estaban en plena ebullición, observé que mucha gente se lanzó a ella con entusiasmo, pero, en mi caso, tenía otras prioridades más urgentes y, desde el punto de vista más superficial, su portada tampoco ayudó a que me entrara por el ojo lo suficiente como para añadirla entre mis lecturas de entonces. Además, mi desastrosa experiencia con otras obras también catalogadas como comedia rural (Cluny Brown) y bien valoradas por otros lectores me condujo a alejarme del género, por lo que he tardado mucho en darle una oportunidad a la señora Stevenson. Finalmente, ha sido con uno de sus libros de publicación posterior en España y críticas aun más entusiastas que el de la señorita Buncle.

Sin embargo, no sé por qué motivo estaba convencida de que el libro que nos ocupa hoy había sido publicado en nuestro país no hace muchos años y, a la hora de fijarme bien en la fecha de salida para tenerla en cuenta en esta reseña, he comprobado que tuvo lugar en realidad en 2016, cuestión que ha desinflado mis ánimos en un pispás, puesto que si en diez años la editorial no ha tenido a bien obsequiarnos con el resto de la trilogía, es harto difícil que lo haga ya.

Es una auténtica lástima que sea así, pues es imposible cansarse de Ashbridge y su comunidad. No puedo arrepentirme de haber leído algo tan bello, pero, en cierto modo, resulta abrumador tener que despedirse de estos personajes de forma tan abrupta, ya que algunas de las tramas quedan abiertas, aunque la principal puede cerrarse en nuestra mente con un poco de imaginación. 

La voz narrativa de D. E. Stevenson se siente como una amiga que va susurrando una historia envuelta por el trino de los pájaros, una historia intimista y cotidiana. Todo comienza con la propia Villa Vitoria, una casa situada en un pequeño pueblo de la campiña, Ashbridge, y que va pasando por diferentes propietarios que la modifican y mutilan a su gusto. Así pues, resulta un hogar con costuras, reflejo de personajes de carne y hueso que también las tienen; algunos, superficiales y otros se han roto por entero y deben recomponerse. Sin embargo, Villa Vitoria es un libro de resiliencia y de sanación, por lo que todas sus verdades son amables: que siempre habrá alguien que le tienda la mano a quien lo necesite, que un plato de comida en la mesa y el calor del fuego en buena compañía son una bendición y que, aunque a veces esté bien salir de la rutina, no se necesita una nueva sorpresa cada día para sentirse a gusto.


«A veces pienso que a lo mejor ganaríamos algo si todo el mundo, todos y cada uno de nosotros, hiciera todo lo que estuviera en su mano para que un rincón del mundo fuera más feliz».

Durante la lectura puede generarse una sensación de añoranza por un tipo de vida calmo y sereno en un pueblo idealizado, pues así es como se presenta Ashbridge. Sus habitantes se conocen bien y muchos de ellos ofrecen ayuda y apoyo al resto si así lo necesitan. Pese a todo, siempre hay alguna nota discordante, algún vecino más cascarrabias, pero aquí eso sirve para aportar variedad y otorgar matices a los personajes, especialmente a nuestra protagonista, Caroline, quien demuestra constantemente tener un gran corazón, pero no puede evitar un fuerte rechazo por la desagradable señora Meldrum.

Los días de Caroline transcurren apaciblemente con actividades corrientes: recogiendo moras, cuidando su jardín, atendiendo a sus hijos, cumpliendo sus compromisos sociales y colaborando con amigos y vecinos. Es una protagonista que, por norma general, lo tiene fácil para conquistar al lector; es amable, sensible, generosa y cariñosa, aunque con una pequeña tendencia a imaginar posibilidades negativas futuras, por lo que para ella es indispensable la existencia de otros personajes  que son su complemento y contrapunto y que añaden más riqueza a la obra, como su inquieta hermana Harriet, con quien al final también es inevitable encariñarse y empatizar.

Es precisamente la trama de ambas hermanas y del insondable Robert Shepperton, un añadido muy interesante el pequeño mundo de Villa Vitoria, la que queda más o menos cerrada. Robert, por su parte, es quien mejor le sirve a la autora para reflejar las consecuencias humanas de la guerra. En general, estas no se obvian, pero Stevenson no las expone de manera flagrante con la intención de recrearse en el dolor, sino como parte de ese tejido vital que ha de buscar el modo de cicatrizar.


«Decía que las cosas iban de mal en peor y tenía razón, desde luego... Pero pasarlo mal no sirve para nada; sufrir por las desgracias que suceden no sirve para evitarlas o arreglarlas, simplemente tapan el sol. Cada vez que Arnold hablaba con alguien, lo preocupaba cada vez más y al final todos se iban como si llevaran a cuestas todas las catástrofes del mundo, abrumados bajo el peso de la carga. Y con semejante estado de ánimo, ¿quién tiene fuerzas para hacer algo?».

La historia de Robert es la más dramática, pero en los pequeños detalles vamos viendo como una guerra afecta a todo el mundo. Así, en el día a día de nuestros personajes observamos los problemas con la escasez de comida o el racionamiento de gasolina después de la Segunda Guerra Mundial.

Los hijos de Caroline son otro aliciente para la lectura. Dos de ellos tienen su propia trama, que se va desarrollando en medio de la rutina del resto de personajes. Así, por un lado tenemos a Leda, que, con su mal humor, su egoísmo y su inmadurez, podría tener un desarrollo digno de ver en las secuelas. Por otro, resultaría grato conocer en qué termina el enamoramiento que experimenta su hermano James por una amiga, pero es precisamente la historia de esta segunda generación la que queda sin cerrar.

De haberlo sabido, es probable que mi elección para comenzar con D. E. Stevenson hubiese sido otra, pero, no obstante, Villa Vitoria es un refugio en el cual la mente se reconforta y los buenos sentimientos se transfieren fuera del papel. Como dije anteriormente, al final es inevitable sentir cierta nostalgia por un lugar como ese, un microcosmos en un hermoso paraje en el que los sueños, las esperanzas, la bondad, la tranquilidad y, como no puede ser de otro modo, las desilusiones y los contratiempos son compartidos con altruismo y comprensión.

Me quedo con que si es un libro en el que merecería la pena vivir, es un libro que, por supuesto, merece la pena leer.

  

Puntuación: 4 (sobre 5)

El haiku de las palabras perdidas

 05/04/2026


El haiku de las palabras perdidas es la tercera novela de Andrés Pascual, quien acabó cerrando su despacho como abogado para dedicarse a su auténtica pasión, la escritura.

Esta obra se publicó por primera vez en 2011 en una edición de tapa dura de la mano de PLAZA & JANÉS. A partir de 2013 ha conocido varias versiones en bolsillo, en un formato de 544 páginas que puede conseguirse hoy por 14,95€.

 

¿De qué trata?:

Nagasaki, agosto de 1945. Kazuo, un muchacho occidental afincado en Japón, y Junko, la bella hija de una diseñadora de arreglos florales, han acordado encontrarse en una colina para sellar su amor adolescente con un haiku que encierra una verdad sobre su relación. Minutos antes de su cita, la bomba atómica convierte la ciudad en el peor de los infiernos.

Tokio, febrero de 2011. Emilian Zäch, un arquitecto suizo, asesor de Naciones Unidas y defensor de la energía nuclear, cuya vida está desmoronándose, conoce a una galerista de arte japonesa obsesionada con un secreto familiar que acaba arrastrándolo.

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes): 

La sensibilidad y el dolor que emanan de este libro son abrumadores y me han causado tal impresión que estoy convencida de que esta historia se quedará conmigo para siempre.

Mi atracción por Japón me ha acompañado prácticamente toda la vida y lo que sucedió en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 me parece uno de los episodios más oscuros, dramáticos y salvajes de la historia de la humanidad. Ni mi mente racional ni mi espíritu han sido nunca capaces de asimilar que una nación se atreviera a lanzar una bomba atómica sobre la población civil de, no una, sino dos ciudades. Este hecho en sí mismo ya favorece que el libro resulte demoledor a la par que absorbente. Además, está escrito desde el amor y el respeto a Japón, pero también desde una imparcialidad que refleja que los actos, decisiones e ideas de los ciudadanos pueden ser independientes de las actuaciones de un gobierno e, incluso, de las tradiciones de un país. Por ello encontramos personajes absolutamente deplorables, otros que se mueven en una escala de grises y muchos otros inocentes que son víctimas de un sufrimiento indecible.


«Los haikus son algo más que poemas. Cada uno es una emoción que aparece y al instante se desvanece, como todo lo bello de la vida. Un parpadeo fugaz que nos muestra la esencia de las cosas».

Un gran acierto de la novela es no centrarla en el ámbito militar ni en el político,  que sus protagonistas no sean altos mandos y no gire en torno a los despachos e al campo de batalla mientras se toman decisiones en ellos. Estas, evidentemente, se ven en la obra con todas sus consecuencias, pero la trama se manifiesta más humana y sobrecogedora por estar reflejada a través de los ojos de un adolescente de apenas trece años que, además, está dividido entre los dos mundos. Sus padres biológicos son occidentales, europeos, pero al morir estos siendo él muy pequeño, fue criado por un matrimonio japonés.

Al principio de la trama, Kazuo, como cualquier adolescente, está buscándose a sí mismo, pero su sensación de desarraigo y desubicación es mayor que la de cualquiera, porque en él se aúnan características de dos bandos opuestos que están enfrentados. No sabe cuál es su lugar, y son estas emociones junto con su visión de la guerra lo que se nos narra, pero, sobre todo, lo más importante en su mundo, aquello que resulta ser su ancla, es Junko, una japonesa de doce años que, con su poesía, su belleza y su paz interior, se convierte en su primer amor.


«Si quieres saber lo que serás en el futuro, mira lo que estás haciendo ahora».

El desastre provocado por el impacto de la bomba y el sufrimiento posterior a causa de la radiación están presentes en toda la novela, pero el gran drama, el que se siente más personal y doloroso, viene de la ruptura del mundo interior de Kazuo y Junko, de cómo se ven separados sin saber siquiera si han sobrevivido y de la incertidumbre que pervive en ellos sobre qué podrían haber sido el uno con el otro y el uno para el otro si hubieran sido libres de seguir el camino que habían planeado, puesto que la bomba estalla cuando se habían citado para regalarse su primer beso, un beso que ya no pudo ser, pero que debería haber sido.

No he podido evitar conmoverme con el periplo de Kazuo para encontrarla y con todo lo que le sucede durante su búsqueda. El horror de lo que ocurre a su alrededor contrasta con la belleza de la prosa de Andrés Pascual, que, en comparación con mucho de lo que se publica hoy, es rica en matices e inspiradora en algunos momentos, aunque, eso sí, manteniendo la sencillez con un léxico cotidiano y una sintaxis fácil con frases no muy largas.

Estamos ante una novela bastante equilibrada en cuanto a las partes narrativas y las dialogadas, lo que contribuye a que la lectura sea fluida.


«La tragedia de la vida no radica en su brevedad, sino en que solemos desperdiciarla sin llegar a disfrutar ni una sola de las maravillas que nos ofrece».

El narrador externo es omnisciente, pero se enfoca principalmente en Kazuo y Emilian, el protagonista de los capítulos que transcurren en el siglo XXI, concretamente en 2011. 

Como en todos los libros que alternan dos épocas, es inevitable comparar ambas y, en mi caso, la favorita suele ser la más antigua. Aunque en esta ocasión ha vuelto a ser así, los capítulos de 2011 me han atrapado con la misma intensidad, ya que en ellos se inicia una investigación encaminada a cerrar el círculo que empezó en el pasado y, al igual que los personajes que la llevan a cabo, yo también necesitaba saber en qué desembocaría todo. Así pues, cada parte me ha parecido emocionante por motivos diferentes.

Independientemente del debate que la obra genera sobre la energía nuclear y sus alternativas, toda ella está vertebrada por una vertiente lírica representada el haiku y por una historia de amor truncada, ese tipo de amor capaz de condicionar por entero la vida de alguien, y pese a ello, la novela no es romántica, aunque sí poética y reflexiva.


«No podemos arreglar los problemas pensando de la misma forma que cuando se produjeron».

En la trama protagonizada por Emilian, este aparece acompañado de otro personaje principal, Mei, y tanto la manera de ambos de concebir la vida como el vínculo que se crea entre ellos representan las tendencias más actuales, de modo que cada uno refleja una postura distinta en cuanto a las nucleares, mientras que su relación amorosa es emocionalmente menos profunda, pero, por la edad más adulta de sus protagonistas, más rápida y física.

Estamos, pues, ante un libro que combina la belleza con el horror; imbuido tanto de poesía como de muerte. Contiene dos historias, de las cuales una sirve para cerrar la anterior. Se contrastan épocas, ideas y maneras de amar, y expone el corazón humano, tanto en su vertiente más terrible como en la más hermosa. Es un libro que alberga y transmite dolor, pero también la fuerza que puede proporcionarnos aquello que amamos.


Puntuación: 5 (sobre 5)

El café de los pequeños milagros

08/03/2026  

El idioma origina de esta novela es el alemán, ya que su primera publicación está fechada en 2017 en Alemania. El título con que el que salió a la venta en el mercado literario germano fue Das Café der kleinen Wunder. 

La edición española se lanzó en septiembre de ese mismo año por parte de Suma de Letras a un precio de 19,90 €. A fecha de esta entrada continúa a la venta, como también lo hace la versión de bolsillo publicada en 2018, esta por un precio de 12,95 €. Consta de 345 páginas.

¿De qué trata? (Sinopsis de la editorial):

Nelly tiene 25 años, vive en París, le gusta la vida tranquila, adora los libros antiguos, desconfía de los hombres atractivos, está enamorada en secreto de su profesor de filosofía, cree en los presagios y nunca jamás se subiría a un avión. Desde luego, no es el tipo de persona que cogería todos sus ahorros una fría mañana de enero, se compraría un bolso rojo y se montaría en un tren a Venecia.

Pero a veces las cosas ocurren. Cosas como un catarro, una inscripción misteriosa en un viejo libro o un amor inesperado... Y a veces hay que perder el suelo bajo los pies para llegar al séptimo cielo.

 

 ¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Este libro es una inyección de optimismo y de energía positiva. No sólo eso, sino que, además, la mayor parte de la trama transcurre en la sin par Venecia. Eso sí, no está escrito para todos los lectores. Aquellos que se satisfacen poniendo el foco sólo en el lado oscuro de la vida están mejor si se alejan de él, porque esta novela únicamente puede ofrecer alegría, encuentros afortunados y sorpresas felices, y es que el autor (o, mejor dicho, autora) se sitúa en el lado amable de la existencia. Eso no quiere decir que los momentos malos no existan, pero los personajes no se anclan ahí ni se recrean en ellos y tratan de cambiar su suerte inclinando la balanza a su favor.

Como curiosidad, antes de continuar escribiendo sobre el libro, aclarar que ya se sabe que Nicolas Barreau, autor francés, no es en realidad Nicolas Barreau, sino Daniela Thiele, autora alemana que publica con pseudónimo, aunque esto ha estado oculto muchos años.

Volviendo a la reseña, creo que para disfrutar de este libro hay que adentrarse en él sin expectativas, dejarse llevar por el flujo de acontecimientos sin prejuicios. Digo esto porque esta obra tiene aires de comedia romántica de los años 90 del siglo pasado, inocentes, tiernas y bonitas, pero previsibles. Como he dicho en otras entradas, pienso que hay que despojar esta palabra de las connotaciones negativas que se le han dado. Todo el mundo sabe que la mayoría de las flores florecen en primavera y que por estos lares los días se alargan, pero no por saberlo de antemano dejamos de disfrutar de ello. Muchas veces no importa sólo el qué, sino también el cómo.

Esa conexión del libro con mis películas románticas favoritas es lo que me ha enamorado. Se trata de un romance tradicional, de los que ya no se narran, de aquellos en los que un accidente fortuito conecta a los dos protagonistas y estos se van acercando por una serie de reveses en un marco espacial ideal. Recuerdo, por ejemplo, Sólo tú en Italia y French kiss en Francia.

En El café de los pequeños milagros también vamos paseando de la mano de los personajes, en este caso por Venecia. No hay largas descripciones, sólo datos someros que nos trasladan de un lugar a otro de la Serenísima.

Al igual que en Sólo tú (se nota que me encanta esa película), él se enamora primero y trata de conquistarla durante todo el libro, aunque es ella quien principalmente cree en las señales.


«Claro que creo en las señales. Estamos rodeados de señales, sólo tenemos que reconocerlas».

 

A pesar de que es un romance contemporáneo, excluye por completo las escenas tórridas y no fuerza el acercamiento. Este va fluyendo despacio entre canales venecianos, palacios, galerías de arte y una cafetería con encanto que tiene más relación con nuestra protagonista de lo que puede parecer en un principio.

Es un libro donde un beso es importante, hace saltar chispas y supone un antes y un después. Como podréis deducir, es una historia para románticos empedernidos, pero no por ello empalagosa. De hecho, este libro me ha resultado menos empalagoso que esos otros que he leído en los que abunda el picante.

En El café de los pequeños milagros, aunque pueda haber una atracción inicial, se les da tiempo a los personajes para que maduren sus emociones, tanto juntos como por separado, y resulta más mágico el permitirnos ser espectadores de cómo se va produciendo gradualmente, sin prisas, la conexión. Por eso un simple beso es más esperado que cualquier cosa. Además, que nuestro protagonista, Valentino, sea un hombre fogoso al que no le importaría pasar sus noches entre los brazos de Nelly, le da más valor a que un sencillo beso le ponga el mundo patas arriba.

En un libro de estas características, donde la trama es como un amigo bien conocido del que sabes lo que puedes esperar, personalmente necesito que me caigan bien los personajes. Si esto no sucediera, el libro, muy probablemente, careciera de interés para mí. Sin embargo, esto no ha sido así en esta ocasión y tanto Nelly como Valentino me han resultado simpáticos.

En lo que al carácter se refiere, ella es una chica bastante común. Es una becaria con sus miedos e inseguridades, echa mucho de menos a su abuela y vive algún que otro percance que podría pasarle a cualquiera. Además, me encanta cómo vive sus mañanas. Es un personaje diseñado aposta para que sintamos cierta conexión con ella.


«"Hay que cuidar las mañanas", le decía siempre su abuela. "Quien no empieza el día con tranquilidad no puede sorprenderse luego de que le salga todo mal"».

Por su parte, Valentino es un prototipo. Es el típico italiano guapo y desenvuelto que no tiene problemas para conquistar a las mujeres, aunque en esta historia se le resiste la que más le ha interesado nunca, lo que lo desconcierta por completo y eso conduce a que se convierta en un personaje agradable.

Los secundarios sólo existen aquí para dar mayor énfasis a las acciones y decisiones de los protagonistas, no tienen valor por sí mismos, aunque eso no tiene mayor relevancia en esta novela, porque son Nelly y Valentino quienes captan el interés del lector.

El narrador es omnisciente y aunque el tono de la narración resulte cotidiano por la claridad del estilo, el léxico y la sintaxis están cuidados y  no caen en la vulgaridad y simplicidad de muchas novelas románticas actuales.

El café de los pequeños milagros es, pues, un romance convencional para nostálgicos de épocas más dulces, para aquellos que disfrutan del encanto de las casualidades dichosas, los encuentros predestinados, los equívocos y enredos con soluciones satisfactorias y los paseos por hermosísimos rincones que forman parte del tapiz en el que se teje la historia de amor. Es un libro con un regusto de antaño, de cuando el foco se ponía en la conexión emocional y no en la urgencia fisiológica.

Estamos ante una novela con luz propia. No cambiará la vida de nadie, pero podría lograr que su día fuese un poquito más feliz. 


Puntuación: 3,5 (sobre 5)