Noviembre se asoma ya a la vuelta de la esquina, y con él llega una fecha señalada en el calendario, el día 1. En España parece que ya no sabemos muy bien lo que celebramos, porque ese día aquí no es el Día de los Muertos, sino el de Todos los Santos. El día 2 sí es el de los Difuntos.
Sin embargo, en nuestro país cada vez se extiende más Halloween, una fiesta de origen celta popularizada por Estados Unidos, país que le ha insuflado el carácter que tiene actualmente. No es algo negativo que, como perfectos imitadores, adoptemos costumbres extranjeras si pueden aportarnos algo, pero siempre que no perdamos la identidad que nos es propia.
A nuestra cultura y nuestra historia pertenece una tradición que cuenta ya con 169 años y que se resiste a morir. Me refiero a la de Don Juan Tenorio. Cada 1 de noviembre desde 1844 la historia de don Juan es llevada a los teatros. Los fantasmas que José Zorrilla ideó inundan los escenarios y don Juan debe enfrentarse a ellos y a la mismísima muerte.
Ahora este mito lucha también contra zombis, brujas, demonios y otros monstruos que amenazan con destruirlo. Pero don Juan siempre fue inmortal, ¿cómo podemos olvidar a un hombre como él?
Lo que propongo es muy sencillo: revivir su historia una vez más la noche de Todos los Santos, celebrar La noche de don Juan Tenorio. Cada uno puede elegir cómo hacerlo: leyendo el libro, viendo alguna representación teatral o alguna adaptación cinematográfica o televisiva, escuchando la obra por la radio o incluso, si hay algún osado, disfrazándose de don Juan o doña Inés en Halloween. Todo lo que se os ocurra para disfrutar nuevamente de don Juan será bienvenido.
Los días posteriores, cada uno dedicará una entrada en su blog para compartir sus experiencias y así contribuir a que el mito siga vivo.
Si os animáis a participar, podéis llevaros a vuestro blog una de estas dos imágenes (la que más os guste) y enlazarla con esta entrada para dar más difusión al evento.
Este blog aún es pequeño y temo que seamos pocos los que queramos acompañar a don Juan en su noche, pero confío en que él sepa abrirse camino entre todas las adversidades como siempre ha hecho. ¿Os animáis?
Richard Castle,
escritor de novelas de misterio, continúa colaborando con el departamento de
homicidios de la policía de Nueva York mientras toma ideas para sus nuevos
libros.Sin embargo, ahora más que
nunca, su proximidad con la inspectora Beckett le conduce a un crimen sin resolver que acerca la muerte a su
puerta. En medio de otros casos y con el peligro siempre acechando, Castle
tiene que decidir si la joven inspectora y la verdad oculta merecen que ponga su vida en peligro.
¿Qué opino yo? (Sin spoilers):
Hace ya bastante que terminé de ver la cuarta temporada, pero no sé por qué no me ha apetecido escribir la crítica hasta ahora, y que conste que me gustó mucho. Supongo que al volver mis series de siempre y estrenarse otras que tenía muchas ganas de ver, he dejado un poco de lado Castle, que, ciertamente, ha amenizado mis días de verano.
Por suerte, la cuarta temporada vuelve a alcanzar el nivel de las dos primeras, ya que la tercera dejaba un poco que desear. Quizá sea incluso algo superior a lo que estábamos acostumbrados. El primer episodio enlaza directamente con el final de la temporada anterior, y así permanecemos en vilo durante parte del capítulo sin saber qué le ocurrirá a Beckett.
Vamos a encontrar, para sorpresa de muchos, a una Kate mucho más vulnerable psicológicamente debido a todo lo que ha sucedido previamente. Necesita a Castle para seguir adelante, pero al mismo tiempo marca una línea entre ambos que hace que estén más alejados que nunca. Se aclaran muchos enigmas sobre todo lo que condujo al asesinato de su madre, pero aún no se cierra el misterio. Por su parte, Castle va a estar muy centrado en proteger a Beckett. Por fin acepta sin reservas los sentimientos que tiene hacia ella, y la preocupación por la suerte que la inspectora pueda correr es cada vez mayor. Por supuesto, no pierde su habitual y peculiar humor y sigue siendo el rey de las teorías absurdas, aunque nuevamente imprescindible para el cuerpo de policía.
El hecho de que a mitad de temporada haya un capítulo con final abierto cuya trama se continúa en el siguiente es ya una costumbre habitual en esta producción televisiva. En esta ocasión vuelve a resultar muy interesante, aunque personalmente me cansa un poco que nos muestren constantemente en las series y películas lo mucho que Estados Unidos se adora a sí mismo; si no fuera por ese país, parece que todos los demás estaríamos haciéndonos la guerra unos a otros, ya que es el guardián del orden mundial. Algunos de los episodios son los mejores que hasta ahora he visto en la serie. Las tramas son más originales y los casos tienen una resolución más elaborada. También el guion parece estar más trabajado y en los interrogatorios policiales no se repiten una y otra vez las mismas preguntas y respuestas, como ocurría en la temporada tres.
Los personajes evolucionan más de lo que lo habían hecho con anterioridad y se introducen cambios en la vida de casi todos ellos, Ryan, Exposito, Alexis… Se reparte adecuadamente el tiempo para infinidad de temas que acompañan a cada crimen, así tendremos odio, amor, traición, venganza, humor, horror, desesperación y esperanza. Por lo general, es una temporada muy completa que nos va a mostrar mucho del interior de cada uno de los protagonistas y nos va a entretener aun más si cabe al mismo tiempo que nos mantiene intrigados.
La primera edición de La princesa prometida data de 1973. El libro se ha reeditado en numerosas ocasiones y, de hecho, sólo en España la editorial Martínez Roca lo ha publicado con, al menos, cuatro portadas diferentes en ediciones distintas. La más barata es la de bolsillo, que cuesta 9'95 euros y que cuenta con 478 páginas. Las que están en tapa dura tienen un precio de 18 euros y unas 380 páginas.
En 1987 se llevó a la gran pantalla en una película que, si bien no obtuvo un éxito inmediato, se ha convertido en una obra de culto para muchos.
¿Qué opino yo? (Sin destripes):
Esta historia esmágica: conozco a personas que adoran tanto el libro como la película, a otras a las que les entusiasma la novela pero no el film (entre las que me incluyo) y a otras que aman la película pero no tanto el original de Goldman. Sin embargo, no conozco absolutamente a nadie que, en uno u otro formato, no se haya sentido cautivado por ella.
Además es un libro muy especial, porque es el único que conozco que puede gustar tanto a los apasionados de los cuentos de hadas como a aquellos que los odian, y es que La princesa prometida no deja de ser un bello cuento en el que se nos habla de amor, de aventuras, de piratas, de venenos, de duelos, de venganza, de muerte..., pero al mismo tiempo que nos vamos quedando atrapados por el ritmo del relato, el autor emplea una sutilísima ironía para reírse de todo ello.
«De
verdad creo que el amor es lo mejor del mundo, después de los caramelos para la
tos».
Un buen ejemplo de esto son los dos protagonistas principales: Buttercup es guapísima y bastante lela. Es la princesa que necesita ser rescatada, pero no podemos evitar querer que la rescaten y que sea feliz. Westley es... perfecto. Es el perfecto caballero que da la vida por su dama. Suena típico, pero esta obra no puede ser más atípica. Y desde luego, el final os sorprenderá.
Y lo mejor es que esta historia no es sólo de ellos. Es también la historia del gigante Fezzik y, sobre todo, de Íñigo. Tal vez aún queden personas que no conozcan a Íñigo Montoya, pero no deberían esperar más para hacerlo. Una vez que lo hagan, jamás podrán olvidarse de él, de su venganza contra el hombre de los seis dedos y de una frase que ha quedado marcada a fuego en la mente de todos los que lo hemos conocido:
«Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú
mataste a mi padre, disponte a morir».
Los secundarios alcanzan la importancia de los principales e Íñigo los supera a todos en cuanto a complejidad. Los cuatro llegan a formar un todo, y si alguno de ellos faltara, no tendríamos una novela tan completa e interesante.Ellos nos llevan a vivir con intensidad los peligros a los que se enfrentan, a sentir el bien y el mal que anida en el corazón de cada uno, a tratar de comprender las esperanzas que los sustentan. Son los responsables de momentos tremendamente emocionantes, como el duelo vivido en los Acantilados de la Locura y el diálogo impagable que los dos combatientes sostienen al mismo tiempo, la lucha de ingenio, el descenso al Zoo de la Muerte (que fácilmente nos lleva a tener el corazón en un puño), o probarLa Máquina y sentir el dolor más intenso que existe.
«No
he cruzado el mundo entero para perderte ahora».
El autor nos introduce en una atmósfera medieval con un estilo sencillo, ágil, asequible para todo el mundo, lectores y no lectores, pero exento de simpleza y rebosante de inteligencia.
Además, aunque hasta ahora me he centrado en la trama de la princesa, la novela tiene dos marcos argumentales que se entrelazan. El peso principal recae en las aventuras de Buttercup y sus conocidos, pero el propio autor dedica un capítulo entero a modo de prólogo para hablar de sí mismo y engañar al lector. Juega con nosotros usando un mecanismo que ya se ha visto antes en la literatura: según nos cuenta, La princesa prometida no es una historia inventada por él, sino por un tal Morgenstern que hizo una versión demasiado extensa para el gusto de Goldman, por lo que éste, humildemente, se limita a resumir tomando "las partes buenas".
Goldman nos lo cuenta con tanta convicción y lo repite tan a menudo que, si no vamos prevenidos, puede hacernos caer en su mentira. De hecho, ya he visto a algunos por la red buscando el "original" de Morgenstern.
«Éste
es el libro que más me gusta de todos, aunque nunca lo he leído».
Su broma no se queda ahí. Nos habla de cómo desea conseguir el escrito de Morgenstern para su hijo Jasony de los problemas con su mujer por empeñarse ésta en defender la obesidad enfermiza del niño con unos argumentos bastante ridículos. Ni Goldman tiene un hijo llamado Jason en la vida real ni su esposa es psicóloga.
El escritor hace algo en lo que los lectores no nos ponemos de acuerdo a la hora de hacer una valoración: a veces interrumpe el relato de aventuras para aclarar algo, contarnos por qué eliminó de ahí un fragmento o añadir alguna cuestión sobre su relación y la de su familia con "el libro original".A algunos esto se les hace pesado, aunque no es algo que suceda a menudo. A mí personalmente me parece genial, refuerza todo el engañoy la ironía se hace más presente, además sí que sirve para esclarecer algunas cuestiones sobre la trama.
«Cuando
las circunstancias se ponen duras, los duros se ponen a la altura de las
circunstancias».
Hay unaúnica cosa que me molesta, y es la breve continuaciónque Goldman escribió muchos años después, El bebé de Buttercup, muy por debajo de la calidad de la obra madrey completamente innecesaria e intrascendente. Lo único rescatable de ella es la bonita historia de amor de Íñigo, por lo demás, casi agradecería no haberla leído.
La conclusión es que por mi parte La princesa prometida queda totalmente recomendado para cualquier persona, sea de la edad que sea, le guste leer o no. Si os animáis a leerlo, espero que disfrutéis en vuestro periplo por el reino de Florin.
Esta entrada es completamente distinta a lo que suelo escribir habitualmente en el blog, porque no voy a hacer ninguna crítica literaria, cinematográfica o televisiva. En resumidas cuentas, hoy me he levantado con inquietudes metafísicas y me gustaría compartirlas con todos los lectores que pasen por aquíy conocer sus opiniones.
El ritmo trepidante del mundo moderno nos deja cada vez menos tiempo para actividades como la lectura. A veces, en los ratos de ocio se opta por algo que conlleve menos dedicación intelectual: ver una película entretenida, un programa de televisión, engancharse a Skype o al WhatsApp, ir de compras...
Sin embargo, y hablo según mi propia experiencia, creo que un lector consumado suele sentir un poco de remordimiento si pasa algunas temporadas sin leer. Normalmente, si un día no cojo un libro, siento que me he perdido algo. La cuestión que me planteo es: ¿qué pasa cuando el resto de actividades nos dejan tan agotados que por más que queramos nos cuesta ponernos a leer?
Supongamos que una persona trabaja ocho horas al día en jornada partida, es decir, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde. Quizás cuando vuelva a casa y antes de irse a dormir le apetezca desconectar de todo y sumergirse en un buen libro, pero ¿y si en vez de trabajar tiene que estudiar? Un estudiante universitario, que tiene que pasar la mayor parte de sus horas dedicándose a actividades intelectuales o mentales, o mejor incluso, un opositor, que ha de estudiar una media de siete u ocho horas al día, cuando por fin cierra sus libros o deja sus apuntes, ¿tiene ganas de abrir otro libro distinto para leer o solo le queda energía para salir a la calle y aprovechar los últimos rayos de sol de la tarde?
Y si además de todo esto la persona en cuestión lleva adelante un blog literario, ¿cómo le afecta? ¿Más tiempo de estudio equivale a menos lectura y por tanto a menos actualizaciones en el blog?
Personalmente fui opositora en 2010 y el esfuerzo mental que me supuso me dejó sin ganas de leer durante todo el año que pasé estudiando. Nunca abandoné la lectura, pero un libro podía durarme, sin exagerar, tres o cuatro meses. En vuestro caso ¿os es posible compatibilizar vuestra actividad diaria con esta afición?