Especial San Valentín: Aquellos escritores que también amaron

14/02/2016

    Se alzan algunas voces en nuestra sociedad para gritar que lo romántico es ñoñez, que el verdadero amor no existe, que los finales felices son propios de los cuentos de hadas… y yo me sorprendo por cómo nos dejamos convencer. ¿De verdad debemos creer ese nuevo mantra que se nos ha inculcado? ¿Es que entonces comenzamos relaciones sin tener fe en un desenlace dichoso? ¿Y si acaba mal, no fue amor? Además, ¿no estamos confundiendo amor con enamoramiento?

   El amor no es cursi, el amor es fuerza. Puede presentarse de muchas maneras y bajo muchas formas: el amor por la pareja, por la familia, por los amigos, por algún animal… El amor nos hace humanos y ya sólo por eso merece el mayor de los respetos. Pocas fuerzas hay tan poderosas: ha inspirado grandísimas obras de la literatura, canciones, películas, pinturas, esculturas… No es un invento de Disney. Preguntémosles a Pigmalión, a Penélope, a Cupido y Psique (Amor y Alma), etcétera.

   El amor nos ha acompañado siempre y siempre nos acompañará. Hoy, con motivo de la festividad de San Valentín, quiero hablar de algunos magníficos escritores que cayeron en manos del amor, de un amor trágico o de uno feliz.


ANTONIO MACHADO Y LEONOR IZQUIERDO



    En 1907, Machado contaba ya con 32 años de edad. En esa época, el poeta se hallaba establecido en Soria como profesor. Al cerrarse la pensión en la que se hospedaba, se trasladó a otra regida por la familia de Leonor Izquierdo Cuevas. Allí se conocieron cuando ella tenía tan sólo 13 años. A Leonor la pretendía entonces un joven barbero. Nuestro escritor, que había quedado impresionado por la chiquilla, estaba celoso y no sabía qué hacer para llegar a ella. Como si de un descuido se tratase, un día decidió dejar “olvidados” en la pensión unos versos:

Y la niña que yo quiero,
¡ay!, preferirá casarse
con un mocito barbero.

     Leonor captó el mensaje y la relación amorosa entre ambos comenzó. Los padres de la niña consintieron el enlace con la condición de que esperaran a que ella cumpliera los 15. La boda, celebrada el 30 de julio de 1909 en la iglesia de Santa María la Mayor, atrajo a muchos curiosos. Los novios tuvieron que sufrir burlas motivadas por la diferencia de edad. Machado llegó a confesar que el día de su boda fue un verdadero suplicio. No obstante, Antonio y Leonor tuvieron un matrimonio muy feliz hasta que la tuberculosis condujo a la muchacha a la muerte cuando contaba con 18 años.


Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar. 


MIGUEL DELIBES Y ÁNGELES DE CASTRO



«Nos bastaba mirarnos y sabernos».

    Miguel y Ángeles se amaron verdaderamente y el reflejo de ese amor se observa en la obra del escritor, especialmente en Mujer de rojo sobre fondo gris. En 1941, cuando Delibes tenía 21 años, ya eran novios. En 1946 se casaron y pasaron toda su vida juntos. Tuvieron siete hijos. Antes incluso de que él se hubiera labrado un nombre, ella le animaba a escribir y lo convenció para que se presentara al premio Nadal, que acabó ganando con La sombra del ciprés es alargada. Siempre fue un apoyo para él en lo personal y en lo profesional.

   Ángeles murió en 1974, con 48 años, por un infarto de tronco tras una intervención quirúrgica realizada por un tumor cerebral. En la vida de Miguel esto fue una gigantesca tragedia. Se sumió en una depresión que vino acompañada de una importante crisis creativa que tardó años en superar. Cuando Delibes ingresó en la RAE, unos meses después del fallecimiento de su mujer, pronunció estas palabras en su discurso:

«Soy consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo».

    El amor de Miguel por su esposa continuó más allá de la muerte y su pérdida lo marcó para el resto de su vida. Sin ella, su pesimismo y su carácter melancólico se fueron acentuando. En 1991 publicó Señora de rojo sobre fondo gris, dedicado a Ángeles. El título está tomado de un cuadro que el pintor Eduardo García Benito hizo de la esposa de Delibes.


JOHN RONALD REUEL TOLKIEN Y EDITH BRATT

    
    
    John y Edith se conocieron en 1908, cuando él tenía 16 años y ella 19. Huérfanos ambos, eran huéspedes en la misma casa por decisión de sus tutores. Los dos trabaron una amistad que en 1909 derivó en algo más. Se divertían arrojando terrones de azúcar a los sombreros de los transeúntes desde los balcones de las casas de té y paseando en bicicleta. Inventaron un silbido privado para que Tolkien se asomara a la ventana y pudiese ver a Edith en la de abajo.

    A pesar de que su gran amor era evidente, el padre Morgan, tutor del escritor, le prohibió continuar el romance hasta que alcanzara la mayoría de edad a los 21 años. El joven obedeció al pie de la letra y se centró en terminar sus estudios.

    Al quedar la relación rota, Edith se comprometió con George Field, creyendo que John la había olvidado. Sin embargo, la misma noche en que él cumplió los 21, le escribió una carta a su amada declarándose y pidiéndole que se casara con él. La muchacha devolvió su anillo de compromiso y aceptó la propuesta de John. Se casaron en 1916.


        En su matrimonio no todo fue de color rosa. Edith tuvo que aceptar de mala gana convertirse al catolicismo para poder casarse con Tolkien. Además no toleraba bien la amistad de su marido con C.S. Lewis, a quien consideraba un intruso en su hogar. Ella tampoco logró integrarse en el círculo intelectual en el que él se movía. A todo esto se suma que él tuvo que marcharse a servir en la Primera Guerra Mundial.

    Con todo, ambos se amaban y no permitieron que las dificultades destruyeran su relación. Lograron llegar a un entendimiento. Edith no practicaba el catolicismo, pero mantenía en privado su resentimiento hacia la Iglesia, y la amistad de Tolkien con Lewis acabó enfriándose. Tras su jubilación, el autor eligió para vivir un lugar en el que su esposa pudiera ser realmente feliz, cerca de Bournemouth, pese a que él no se sentía cómodo allí.

    Edith inspiró a John para crear el personaje de Lúthien Tinúviel. Un día en que ambos, en plena juventud, paseaban por un bosque, en un claro sembrado de cicutas ella bailó para él. Así nació la hermosa elfa y la historia de Beren y Lúthien, nombres que figuran en la lápida que John y Edith comparten.


CHARLOTTE BRONTË Y CONSTANTIN HÉGER


   
    Pocas cosas hay peores que un amor no correspondido, y eso es lo que le sucedió a Charlotte Brontë. Ella y su hermana Emily querían mejorar su francés. Para ello, en 1842 pusieron rumbo a Bruselas, donde ingresaron en una escuela regentada por Constantin Héger y su mujer. Mienstras practicaban el idioma, Charlotte impartía clases de francés y Emily de música. Constantin llegó a guiar a Charlotte en su escritura y la enseñó a no tener miedo de eliminar todo lo que sobrara.

    Ella se fue enamorando de él a pesar de que estaba casado y tenía varios hijos. Sin embargo, pocos meses después, las hermanas tuvieron que regresar a su hogar por la muerte de su tía Elizabeth. Fue a principios de 1843 cuando Charlotte, esta vez sola, viajó nuevamente a Bruselas. En esta ocasión su amor continuó creciendo, pero también sentía nostalgia de Haworth. Pasó un año hasta que decidió marcharse a su hogar. Una vez allí comenzó a enviarle cartas casi desesperadas a su antiguo profesor, aunque no él no sentía lo mismo y las misivas quedaron sin respuesta.


     «Me parece verdaderamente difícil estar animada cuando pienso que quizás no vuelva a verlo nunca más».

     «Cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco».

     «Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente».

    Se dice que Héger destruyó las cartas de Charlotte, pero que fue su propia esposa quien recogió y recompuso algunas, que son las que se conocen.

    A la escritora la persiguió ese amor durante mucho tiempo. Tanto El profesor como Villette están basadas en su historia. Incluso su mejor obra, Jane Eyre, parece la plasmación de sus fantasías, la culminación de un amor que para ella no pudo ser feliz.


FÉLIX LOPE DE VEGA Y MARTA DE NEVARES



    Lope de Vega tuvo dos esposas y numerosísimas amantes a lo largo de su vida. Su último y más trágico amor lo vivió con Marta de Nevares.

    Con 13 años, Marta fue obligada a contraer matrimonio con el comerciante Roque Hernández de Ayala. En 1616, cuando ya había cumplido los 25, ella y Lope se conocieron en un jardín en el que se organizaba un evento poético. En ese momento, el dramaturgo tenía 54 años. No sólo era mucho mayor que ella, sino que ya se había ordenado sacerdote, hecho que no le impidió iniciar con ella una relación que duraría nada menos que dieciséis años. Estos amores sacrílegos provocaron las burlas de otros escritores enemigos de Lope. Las circunstancias empeoraron con el nacimiento de una hija, Antonia Clara, en 1617. Marta quiso separarse entonces de su marido, que intentó quedarse con la niña, ya que se había bautizado como si fuera suya. Casual y convenientemente, Roque murió.

    La pareja sobrellevó como pudo las murmuraciones y permaneció unida en la madrileña casa de la calle Francos (hoy, calle Cervantes). Sus primeros años juntos fueron felices. Lope la convirtió en la Amarilis de sus poemas y posteriormente en Marcia Leonarda, y ella compartía la pasión de él por los versos. Inteligentes, cultos y llenos de amor, eran una pareja ideal.

    Corría el año 1622 cuando Marta comenzó a quedarse ciega. En 1626 perdió la vista por completo. Lope le proporcionó todos los cuidados que estaban en su mano. Pero eso no era todo. En 1628, Marta sufrió sus primeros síntomas de locura. Al final perdió por completo la razón. El autor, ya viejo y cansado, se mantuvo a su lado hasta que la muerte se la llevó en 1632. 

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.


     En la vida de los grandes escritores hay muchas más historias de amor que merecen ser contadas y recordadas. Por motivos evidentes, yo he tenido que seleccionar sólo cinco. ¿Las conocíais?

Ana, la de Álamos Ventosos

06/02/2016

     Ana, la de Álamos Ventosos es la cuarta entrega de la saga de Anne Shirley. Los tres anteriores son Ana, la de Tejas Verdes; Ana, la de Avonlea y Ana, la de la Isla. Se publicó por primera vez en 1936 con el título de Anne of Windy Poplars. Sin embargo, ese no era el que la autora había elegido; Maud tituló su novela Anne of Windy Willows (Ana, la de Sauces Ventosos), pero al editor le pareció conveniente cambiarlo por la similitud con otro libro. No obstante, el nombre original se mantuvo en países como Gran Bretaña, Australia y Japón.
     En España, Toromítico la reeditó en 2014. Está a la venta por 15 euros y consta de 307 páginas.

¿De qué va?: 

     Ana deja atrás el Redmond College para comenzar con un nuevo empleo y un nuevo capítulo de sh vida lejos de su amada Tejas Verdes. Mientras su prometido estudia Medicina, ella trabajará como directora de un colegio en Summerside, donde se enfrentará con un nuevo reto, los Pringle, "la Familia Real" de la ciudad, que muy pronto le harán ver que ella no es la persona que esperaban como directora de la escuela.
   Durante su estancia se hospedará en Álamos Ventosos junto con dos ancianas viudas, las tía Kate y Chatty, el ama de llaves Rebecca Dew y su gato, Dusty Miller. Ana deberá aprender a relacionarse con los excéntricos habitantes del pueblo para ganarse su simpatía y encontrar nuevos amigos. (Sinopsis de la editorial).


¿Qué opino yo? (Con destripes de los tres anteriores):

   Reencontrarse con Anne Shirley siempre es un placer, no sólo por el encanto de una protagonista que se ha ganado a miles de lectores a lo largo de los años, sino por la candidez del mundo que la rodea. Algo de esa inocencia, de la magia que puede haber en la cotidianidad y del grato dulzor de una naturaleza envolvente salpica al lector y logra que su día sea un poco mejor. Ana, la de Álamos Ventosos sigue esta misma línea que ya se daba en los tres títulos anteriores.

    Una vez más no hay un argumento lineal en torno al que se construya todo el libro, sino que este se va cimentando con anécdotas que tanto Anne como sus conocidos experimentan. Sin embargo, pese a que la novela conserva el encanto que ya conocemos de los textos de Lucy Maud Montgomery, no alcanza el nivel de las anteriores, ya que el número de personajes que aparecen ha aumentado considerablemente y, en consecuencia, son pocas páginas las que se le dedica a cada uno. Esto conlleva que no nos dé tiempo de encariñarnos con muchos de ellos y que, cuando empecemos a interesarnos por la historia de alguno, concluya rápidamente. Además, no todos consiguen alcanzar el carisma de otros secundarios como Diana, la señorita Lavendar, Philippa Gordon, etcétera. No obstante, Maud no defrauda y nos da personajes muy dignos como las tías Kate y Chatty, Rebecca Dew y hasta el gato Dusty Miller


    «Nadie es nunca demasiado viejo para soñar. Y los sueños nunca envejecen».


    Aunque las tres novelas que preceden a esta me gustaron más, Ana, la de Álamos Ventosos también me ha conquistado. Está llena de historias entrañables, divertidas, románticas y hasta de terror. En todas participa Anne de una u otra manera, y es que la joven pelirroja, a pesar de todas sus virtudes, también tiene sus defectos. En esta ocasión comprobamos a la perfección que es una meticona, aunque con buenas intenciones. La mayoría de las veces sus intervenciones pueden ser beneficiosas, pero no siempre el resultado es el esperado. Así, sus alegrías y disgustos se mezclan con los de otros personajes para entretenimiento nuestro. 


    «El orgullo viene delante de la destrucción y un espíritu arrogante antes de la caída».


    Un cambio importante con respecto a las otras partes de la saga es que aquí se mezclan episodios en tercera persona con otros elaborados de manera epistolar en primera persona. Tenemos la oportunidad de leer cartas, o fragmentos de ellas, que Anne le envía a Gilbert, ya que se encuentran separados: ella de directora en Summerside y él en Kingsport estudiando Medicina. Es ahora cuando Maud nos da a una Anne realmente enamorada. Me ha encantado leer sobre esa faceta desconocida de ella. Aunque Anne vive un romance terrenal, real y sólido, los sueños románticos juveniles no se han esfumado, pues para Anne su amor no es algo prosaico, sino un sentimiento tan sublime y único como esperaba que fuera cuando llegara la ocasión.


    Hay que tener en cuenta que, a pesar del tono cariñoso y las palabras de amor y de que hay bastante más romance en esta novela, la obra no se convierte en un texto ñoño en ningún momento. Las cartas no se muestran completas. Cuando Anne va a dejarse llevar por entero por el corazón, la epístola se corta. Maud nos omite esos fragmentos. Además, ni las otras parejas son empalagosas ni la protagonista adopta siempre una postura romántica en sus misivas, ya que para hacerlo, según ella, se necesita una buena pluma. No se puede escribir de amor con una pluma que rasga.

    Hubiera estado bien poder leer también las cartas de Gilbert, pero nos tenemos que conformar.

  Anne sigue creciendo y, por tanto, se ve obligada a enfrentarse a problemas del mundo adulto. Los conflictos laborales están muy presentes. Me ha resultado curioso ver que las cosas no cambian tanto con el tiempo y la vida de un profesor actual no es muy distinta de la de Anne. Sus primeros meses como profesora y directora en Summerside no son nada fáciles. Los Pringle, el clan más destacado del lugar, le hacen la vida imposible de muchas maneras (¡y qué profesor de hoy no tiene una clase llena de alumnos Pringle!). También hay algún compañero de trabajo que no le pone las cosas fáciles.

    Además, Anne se encuentra lejos de su amada Tejas Verdes. Con todo, es capaz de ver la magia allí donde mira, e incluso la persiguen las leyendas. Gracias a eso conocemos otros lugares como la Calle del Fantasma, Álamos Ventosos, la habitación de la torre, la tétrica Casa Tomgallon, el Rey de las Tormentas, etcétera. Durante las vacaciones vuelve a su hogar, aunque lo que allí sucede ocupa pocas páginas. 


    El libro se divide en tres partes, correspondientes a los tres años que Anne pasa en Summerside. La autora se mantiene fiel a su estilo: una prosa fluida pero con ritmo sosegado, descripciones no sesudas de ambientes y personajes y un léxico cercano.

   Esta vez, la portada de Toromítico me parece mejorable y hay errores ortotipográficos muy llamativos, aunque esto no le resta calidad a la historia. Además, las láminas interiores, una vez más, son preciosas.

    Aunque no me haya gustado tanto como los otros tres, especialmente como los dos anteriores, he vuelto a meterme con facilidad en ese mundo acogedor que ha creado Lucy Maud Montgomery y a sentirme muy cómoda y encantada.

Puntuación: 4 (sobre 5)

When calls the heart (Especial de Navidad)

27/01/2016


                     Estreno: 2015                                                  Género: Vida rural, romance
                     Cadena: Hallmark                                          Duración: 85' aprox.
                                                    Especial de Navidad (3x01)


¿De qué va?:

     Elizabeth ha regresado a Hope Valley con la seguridad de saber cómo quiere vivir su vida. Sin embargo, algo imprevisto le espera y su relación con Jack se ve afectada. Ambos deben hacer frente a la situación al mismo tiempo que se ven envueltos por los problemas de Hope Valley. Por un lado, el policía continúa investigando el caso de los billetes falsos hasta comprobar que es más profundo de lo que parecía. Por otro, Elizabeth, en compañía de Abigail, debe hacerse cargo de unos huérfanos sin hogar. A todo ello se suma que, debido a Rosemary, la prensa pone su punto de mira en el pueblo.


¿Qué opino yo? (Con destripes de las temporadas anteriores):

     La primera temporada de When calls the heart contenía una magia que se echa de menos en la televisión de hoy en día. Esa atmósfera casi idílica era la que atrapaba al espectador, lo llevaba a querer creer en la especie humana, en el verdadero amor y en que, a pesar de los problemas, siempre existe un mañana cargado de nuevos sueños. Todo esto quedó algo desdibujado en la segunda temporada al introducir a la familia snob de Elizabeth y conflictos entre la pareja principal. No obstante, continuó siendo una serie mucho mejor que buena parte de las que se emiten actualmente y su encanto seguía estando ahí. El especial de Navidad, que es en realidad el primer episodio de la tercera temporada, recupera, para regocijo mío, el tono inicial. 


     Todo lo ha tenido este capítulo. Hay momentos para conmoverse, para saltar de alegría, para reírse… Ha sido prácticamente perfecto y augura una temporada excelente. Espero no equivocarme.

   Ya no tenemos a los familiares de Elizabeth inmiscuyéndose en su vida y toda la acción vuelve a transcurrir en Hope Valley. Nuestra protagonista regresa a sus tareas como
maestra, lo que conlleva que de nuevo la veamos sacando su lado más humano para tratar de ayudar a niños a los que la vida ha puesto a prueba demasiado pronto. No está sola en esta labor, pues, como sabemos, Hope Valley es una comunidad y, aunque pueda haber rencillas, a la hora de la verdad todos saben lo que es auténticamente importante. Así, Abigail y Jack continúan siendo su principal apoyo.

     En cuanto a este último, está claro que después del final de la segunda temporada debía sentirse bastante incómodo. La situación que presenció y la actitud de Elizabeth tienen consecuencias para la pareja. Si al principio de la serie comprobamos los celos de Elizabeth a causa de Rosemary, ahora observamos los que tiene Jack debido a Charles y lo que eso trae consigo. 



     Algunos personajes nuevos han aumentado la riqueza de esta maravillosa producción en muchos sentidos. Ahí tenemos al pastor Hogan, que, por lo que se ve, guarda más de una sorpresa. De él sólo se nos ha mostrado la punta del iceberg y no sabría decir si no es lo que parece o si no parece lo que es. Tengo muchas ganas de ver qué pasa con él, porque, por sus matices, me parece alguien interesantísimo. Además, me pregunto si su
acercamiento a Abigail puede desembocar en algo inesperado.

     Otra de las tramas abiertas es la de Bill Avery. El caso que llevaba entre manos y que acabó con él en prisión aún puede dar mucho de sí, sobre todo por el hecho de que Jack se haya inmiscuido. Además, los guionistas podrían seguir jugando con su romance con Abigail.

    Quien ha ganado muchísimos puntos en este especial ha sido Rosemary. La inclusión de Lee Coulter en la trama ha sido un acierto pleno. No sólo saca lo mejor de un personaje que antes me resultaba bastante insoportable, sino que juntos dan lugar a situaciones muy divertidas. Este hombre tiene una paciencia infinita y gracias a su relación con este torbellino de mujer, ella me cae ahora muchísimo mejor y hasta me agrada que forme parte de la serie.



     Por otro lado, continúa el estilismo que marcó la segunda temporada, es decir, peinados modernos y un vestuario no del todo acorde con la época. Esta es la parte que menos me ha gustado, no porque quede mal, sino porque prefiero que se mantenga la fidelidad con el momento histórico. Otra cuestión que pervive de la segunda, y que ha terminado por convencerme, es que hay mayor variedad en el argumento y las historias del resto de personajes acaban interesando tanto como la de los dos protagonistas.

     Otro aspecto positivo que destaco es que, como al principio, se nos dan más escenas al aire libre y podemos disfrutar de estampas preciosas.

     En definitiva, When calls the heart ha recuperado su espíritu. Nunca lo perdió del todo, pero costaba un poco más apreciarlo. Lo mejor de la primera temporada se ha unido a lo mejor de la segunda. Veremos qué tal el resto de episodios.


Puntuación: 5 (sobre 5)

La dama del alba

03/01/2016

     Esta obra teatral del dramaturgo asturiano Alejandro Casona se estrenó por primera vez en el escenario del Teatro Avenida de Buenos Aires en 1944. El autor la escribió durante su exilio, por lo que en España no se representó hasta su vuelta en 1962. Ha sido llevada dos veces al cine: la primera, en 1949 en México y la segunda, española, en 1966. Además, también fue adaptada en varias ocasiones por TVE.
    Actualmente, el libro está editado por Cátedra (160 páginas, 8'20 euros), Castalia (144 páginas, 7'50 euros) y Edaf (144 páginas, 8 euros).

¿De qué va?: 

     Han pasado años desde la desaparición de la joven Angélica en el río, bajo cuyas aguas, según cuenta una leyenda, se alza una hermosa ciudad. La familia de la muchacha aún no ha logrado superar su muerte y el hogar vive sumido en la tristeza. En medio de ese ambiente apesadumbrado, una misteriosa peregrina llega una noche buscando cobijo...


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

     No soy lectora habitual de teatro, pero en ocasiones algún detalle sobre alguna obra de este género me conduce hasta ella y termino atrapada por su historia. Así me topé con un libro que merecía ser reseñado en el blog. El propio título encierra ya algo sugerente, menciona a una dama desconocida relacionada con un momento concreto del día. Sólo con eso se adivina que la persona a la que se refiere escapa de lo habitual, que hay algo en ella digno de destacar, algo que la hace merecedora de que se le dedique atención.

     La prosa se construye con un profundo lirismo que precipita al lector o espectador hacia un ambiente rural en el que los sentidos se ven capturados por la belleza de la escena, el temor que desasosiega los corazones, la vitalidad de la juventud, la alegría de las fiestas, el lamento por la pérdida…


    «¿La risa?… Qué cosa extraña… Es un temblor alegre que corre por dentro, como las ardillas por un árbol hueco».


     El misticismo y la fantasía se unen a la realidad para conformar un texto que cautiva con una tristeza dulce y un atisbo de esperanza. Los elementos sobrenaturales se humanizan y se presentan como viejos conocidos, aunque incomprendidos y anhelantes de emociones y vivencias reservadas como privilegios para los seres humanos, quienes, inconformistas y descontentos, muchas veces no saben apreciarlas en su justa medida. Toda la acción transcurre en una tierra que por sí sola rezuma magia: Asturias. Aunque no se especifique el lugar concreto donde se desarrollan los hechos, podemos suponer que Casona los sitúa en Besullo, su pueblo natal, o en alguno similar.


     No es un drama conformado por individuos de gran complejidad psicológica; más bien algunos roles resultan algo planos, pero grandes interrogantes que acompañan al hombre desde sus orígenes están presentes y sí que hay varios personajes que destacan, como la Peregrina y el abuelo. Las conversaciones entre ambos son las de mayor intensidad. Por muy extraordinarios que resulten sus diálogos, estos están llevados con tal destreza a un plano terrenal tan próximo que, sorprendentemente, podemos comprender a ambos con facilidad. 


      «Vale más sembrar una cosecha nueva que llorar por la que se perdió».


    Las acotaciones son sencillas, hasta simples, pero no se requiere más que lo que ofrecen para crear esa atmósfera de tensión que perdura casi desde el principio hasta el final. Con unas pinceladas apenas esbozadas, el autor y sus personajes consiguen que se palpe continuamente un clima de algo inexplicable, algo casi asfixiante y amenazador, al mismo tiempo que melancólico.

     La obra está compuesta por cuatro actos en los que todas las edades del ser humano se exponen con las inquietudes y sentimientos correspondientes: los juegos y la inocencia de la infancia, los placeres sensuales y el tierno amor de la juventud, la lucha contra los golpes de la vida en la madurez y el temor a la muerte en la senectud. En los cuatro actos aparecen elementos populares que nos transportan a otro momento y lugar: cancioncillas, leyendas asturianas… Además, todos están envueltos en ese aroma fantástico que alcanza su cumbre en la noche más mágica del año: la de San Juan. 



«Rezar es como gritar en voz baja».

     
     La dama del alba es un libro muy accesible para cualquier lector y, asimismo, recomendable, no sólo para aficionados al género, sino también para quien no lo es. Su lectura no implica dificultad alguna, ya que tiene un lenguaje muy coloquial y cercano, además de que prácticamente desde el inicio capta la atención y suscita el deseo de saber qué sucederá. El misterio se reparte entre los cuatro actos de igual modo, de manera que no hay uno mejor que otro. Se trata de un drama tan corto y absorbente que se lee en un momento.


Puntuación: 3'5 (sobre 5)

Los seductores

29/12/2015


             Título original: L'arnacoeur                                          País: Francia
             Género: Comedia romántica                                       
Duración: 105' aprox.
             Año de estreno: 2010                                                    
Productora: Universal Pictures



¿De qué va?:

     Alex (Romain Duris), su hermana Mélanie (Julie Ferrier) y su cuñado Marc (François Damiens) son rompeparejas profesionales. Sus servicios son requeridos por quienes creen que alguien apreciado no ha elegido a la persona correcta y desean abrirle los ojos. El método que usa el equipo de Alex es el de la seducción, aunque tienen unas normas muy claras: no inmiscuirse en noviazgos estables y no enamorarse. Sin embargo, todo se tambalea cuando deben destruir la relación de Juliette Van Der Beck (Vanessa Paradis) y las reglas impuestas comienzan a romperse.

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes):

     La comedia romántica es un género muy denostado en estos últimos años. Tras las grandes glorias de los 90, la fórmula se repitió hasta la saciedad causando hartazgo en gran parte de los espectadores no sólo por la falta de originalidad, sino también por el claro empeoramiento de los productos que se iban rodando. A ello se suma que vivimos en una sociedad cada vez más sexualizada que cree que el amor es cosa de cuentos, y eso se refleja en las películas. No obstante, el amor y el romance, pese a los agoreros, existen y aún hay personas que esperan que esos aspectos positivos y gratos de la humanidad se tengan en cuenta en los medios televisivos, cinematográficos y literarios. Entre ellas me incluyo y por eso me he sentido feliz al descubrir un filme que no ha perdido la esencia de aquellas añoradas comedias de los 90.

    A pesar del desgaste del género, Los seductores ha sabido rescatar los elementos que siempre han gustado del mismo y mezclarlos con aspectos más actuales. No todo es idealización ni romance ingenuo en esta cinta, pero no tiene la necesidad de recrearse en escenas de mal gusto o en el habitual lenguaje vulgar al que recurren últimamente las comedias hollywoodienses y que tanto he criticado en otras reseñas similares a esta. Los franceses han sabido, en este caso, dar un toque de modernidad sin encajar un exceso de metraje chabacano o escatológico.

    Los protagonistas tienen sus historias íntimas con otras personas y están perfectamente adaptados a la realidad que todos conocemos. Ni Alex ni Juliette son personajes estereotipados, aunque la evolución de sus sentimientos sea esperable y deseable. Esto último no impide que ambos tengan un carácter propio, bien definido y no acartonado. Quizás podamos reconocer en él al embaucador de buen corazón que ya hemos visto en otras ocasiones, pero, como digo, su forma de ser y sus problemas internos le pertenecen y no son copia de otros.

     La parte de romance y la de comedia están muy bien equilibradas,  y esta última logra que sea inevitable soltar alguna que otra carcajada. Esta virtud es algo que echaba de menos en algunas producciones que llevan la etiqueta de “comedia romántica” y que de lo primero no tienen mucho. Los seductores es, por tanto, muy divertida gracias a unos golpes de humor inesperados y simpáticos.


     Aunque el guion no contenga frases memorables, el desarrollo argumental es muy ágil. Se pasa por todas las fases ya conocidas en este tipo de cintas, pero no hay lugar para el aburrimiento, ya que a lo tradicional se incorpora la originalidad, como el curioso trabajo al que se dedica Alex y las consecuencias que se derivan de ahí, especialmente a partir de su encuentro con Juliette.

      Romain Duris es uno de esos actores feos con algo inexplicable que los convierte en alguien atractivo. Cuando comienza la película uno se cuestiona cómo un hombre con ese aspecto físico puede lograr que todas las mujeres caigan rendidas ante él. El hecho de que sea un seductor profesional resulta una gran ironía. El espectador se pregunta por qué no se eligió a un intérprete más guapo, pero cuando van pasando los minutos, vemos que no podía haberse escogido a un protagonista mejor. Romain gusta con su actuación, como también gusta, precisamente, el hecho de que un feo sea atractivo y un auténtico conquistador.

     Vanessa Paradis da vida a una mujer de armas tomar, orgullosa e independiente. Ella es el gran obstáculo con el que se encuentra Alex en su actividad laboral. Su papel es mucho más seco que el del anterior, pero no deja de ser el contrapunto perfecto para el protagonista masculino.

     Los secundarios que completan el elenco contribuyen a dar calidad a los distintos gags. Muy amenas son las intervenciones de la hermana de Alex, su cuñado y la amiga ninfómana de Juliette. Con ellos, las risas están aseguradas.


    Se agradece, además, el homenaje a Dirty Dancing, un clásico de los 80 que proporciona a esta película la posibilidad de crear momentos graciosos y sentimentales basados en la cinta de Patrick Swayze y Jennifer Grey.

     En definitiva, estamos una comedia romántica con un toque canallesco que encantará a los entusiastas del género y que puede entretener a los que no lo son.

Puntuación: 4'5 (sobre 5)