Maribel y la extraña familia

 29/05/2026

 

Miguel Mihura escribió Maribel y la extraña familia en 1959 y ese mismo año, concretamente el 29 de septiembre, se estrenó en el teatro Infanta Beatriz de Madrid, ya extinto. Desde ese mismo momento conoció un amplio éxito, hasta tal punto que en 1960 se llevó al cine por primera vez. El propio Mihura participó en la redacción del guion.

El texto original ha conocido multitud de ediciones. Hoy por hoy podemos encontrarlo en Austral, Vicens Vives, Castalia y Cátedra por un precio que ronda en torno a los diez euros. 

 

¿De qué trata?:

Marcelino, dueño de una fábrica de chocolatinas en un pequeño pueblo de Cuenca, decide que quiere casarse y para buscar novia se marcha junto con su madre, Matilde, a Madrid, donde reside su tía Paula. Los tres están de acuerdo en que Marcelino, apocado y retraído, necesita una muchacha alegre y moderna que pueda animarle el carácter. Sin embargo, en su ingenuidad, se fija en una bonita joven que le sonríe en un bar y no puede ni imaginarse que la elegida de su corazón es, en realidad, una prostituta.

 

¿Qué opino yo? (Sin destripes):

Durante la década de los años 50 del siglo XX, España vivía inmersa en la dictadura franquista, que supuso un obstáculo para la libertad creativa, pues la maquinaria censora del régimen campaba a sus anchas y, para sortearla, los autores debían hacer un ejercicio no solamente de valentía, sino también de ingenio. Además, la injerencia del gobierno de Franco en el mundo cultural llevó a los empresarios teatrales a mantener una conducta prudente con la que evitar el escándalo, por lo que sentían rechazo hacia la innovación y apostaban por obras más convencionales y de argumentos previsibles.

Por todo lo anterior, grandes figuras de la escena teatral española como Enrique Jardiel Poncela y Antonio Buero Vallejo se toparon con importantes dificultades para que algunas de sus creaciones fueran aceptadas. También Mihura las tuvo, aunque más por las peculiaridades de su humor y el tratamiento que hacía de algunos temas delicados.

En este contexto complejo en el que los autores se hallaban sumidos, cobró mucha fuerza un tercer elemento en discordia, el cine, considerado un potente competidor por su capacidad para ocupar el espacio destinado al entretenimiento de masas. No obstante, la convivencia entre ambos medios artísticos terminó siendo posible. Incluso, en ocasiones, el texto teatral se vio influido por el ritmo del guion cinematográfico.

Las tendencias teatrales divergieron, lo que dio origen a dos corrientes principales, una seria y otra cómica que buscaba la crítica mediante el humor y el absurdo. Próximos a este segundo grupo, Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela rompieron los esquemas tradicionales de comicidad y alcanzaron la cota más alta del teatro español humorístico. 

Poncela estructuró su teatro sobre lo inverosímil y el vodevil, mientras que el rechazo de Mihura por los convencionalismos sociales se basaba en situaciones más asentadas en el espacio cotidiano. Es ahí donde se inserta Maribel y la extraña familia, una obra que, como ya recomendó Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias tres siglos antes, se estructura en tres actos, correspondientes a planteamiento, nudo y desenlace.

En ellos conocemos una considerable variedad de personajes que representan diversas escalas sociales, pero también morales, y no siempre hay una correlación directa. Sirven a Miguel Mihura como muestrario de la desigualdad, la hipocresía, el idealismo y la desconsideración hacia la bondad ajena, temas todos ellos serios y relevantes, aunque planteados en estas páginas desde la sátira y la ironía.


«Lo que pasa es que ahora a las personas inocentes y buenas se las llama locas o maniáticas, porque la verdadera bondad, por ser poco corriente, no la comprende nadie».

La excentricidad, presente desde el principio, se une a los ingredientes antes mencionados para dar lugar a un humor mordaz que nos descubre un texto inteligente: crítico a la par que divertido, intrigante al mismo tiempo que conmovedor. 

El tema, el amor entre una prostituta y un ingenuo hombre adinerado, resultaba a todas luces escandaloso e inmoral para la época, pero el talento del autor, con sus sutilezas, juegos de palabras y dobles sentidos, le ganó la partida a la censura.

Como todos sabemos, el género dramático está sometido a condicionamientos distintos de los del narrativo, por lo que un cambio psicológico o de circunstancias se observa con el paso de un acto a otro. Así pues, mientras que en el primer acto nos son presentados muchos personajes y hay simpatiquísimos equívocos entre ellos, en el segundo se profundiza en un posible misterio que ya venía planeando de forma casi imperceptible.

La acción comienza en el pisito madrileño de doña Paula, una anciana de lo más peculiar que lleva sin salir a la calle cincuenta años, pero no es una suerte de señorita Havisham ni de lejos, sino una mujer que ha construido su propia manera de ser feliz. Escucha jazz, recibe visitas previo pago para poder contar lo que necesite sin tener que molestarse en dar reciprocidad y cuida de su querida cotorra, además de que siente gran admiración por todo lo que cree moderno, como le sucede a su hermana, doña Matilde.

En esta primera parte se revela que esta última ha viajado desde el pueblecito de Cuenca en el que reside para visitar junto con su hijo, Marcelino, a Paula, y que él pueda encontrar una novia moderna que le dé alegría. Todos quieren una chica con desparpajo, que se ría mucho, que fume... Total, una chica que represente un cambio de aires muy deseado. Ahí es donde entra en escena Maribel, que no sabe nada de todo esto, pero que reúne todas esas características. Marcelino queda prendado al instante de ella porque, en su ingenuidad, no supo interpretar el auténtico motivo de que ella lo mirara y le sonriera en un bar. Aquí, obviamente, se empieza a montar un lío de narices, ya que mientras que para Maribel él es un cliente, Marcelino cree estar iniciando una relación que culminará en boda, y no se le ocurre otra cosa que invitarla al piso. Allí acude ella con la intención de ejercer su oficio, pero lo que él tenía en mente era presentarle por sorpresa a su madre y su tía, que se muestran encantadísimas.

Estas primeras escenas son hilarantes por toda la confusión, con una Maribel totalmente desconcertada al ver a unas ancianas tan efusivas y felices por el hecho de que su hijo y sobrino haya llevado a casa a una prostituta y quiera casarse con ella.

Mi personaje preferido en este caso es Maribel. Ella es quien experimenta los cambios más importantes y me ha resultado muy entrañable cuando va mostrando su deseo de ser aceptada y amada. Comienza a verse a través de los ojos de Marcelino y a creer que puede ser como cualquier otra mujer digna de amor. Sin embargo, el miedo a que el sueño se rompa siempre está presente.

Todo se complica más con la entrada en escena de las compañeras de trabajo y amigas de Maribel, que con sus comentarios y teorías rocambolescas sobre un posible secreto de Marcelino contribuyen en gran medida a los momentos de más humorísticos.

El libro plantea también una idea interesante: cómo las personas bondadosas o ingenuas son muchas veces malinterpretadas. En ocasiones, la gente se resiste a creer que exista alguien con un corazón tan puro; o bien no lo entienden o bien lo envidian, y pueden burlarse, aprovecharse de esa persona o ponerla en entredicho, como sucede aquí con Paula, Matilde y Marcelino.

En mi opinión, estamos ante una obra esperanzadora que nos transmite que, sean cuales sean las circunstancias, es nuestra elección quedarnos estancados en lo que hemos sido o avanzar hacia aquello que podemos llegar a ser.

El final puede gustar más o menos, pero, sin duda, daría lugar a un buen debate. 

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