Ana, la de Ingleside

19/03/2017

    Ana, la de Ingleside se publicó por primera vez en 1939, dieciocho años después de que saliera el que, en orden cronológico, sería el último libro de la saga, Rilla, la de Ingleside.
    En España, Toromítico la editó en nuestro idioma en 2015. Esta edición consta de 344 páginas y cuesta 15 euros. Igual que los títulos anteriores, este también está ilustrado.

¿De qué va?:
 
   Tras realizar una visita a Avonlea, Ana vuelve a Ingleside, la que es ahora su casa. Han pasado seis años desde que ella y su marido dejaran atrás la Casa de sus Sueños y el joven matrimonio se ha transformado en toda una familia. 

   Los seis hijos de la pareja protagonizan ahora divertidas, escalofriantes y entrañables aventuras, siempre bajo la mirada atenta de una Ana más madura. 

   En este tomo, la edad de Ana va de los 34 a los 40 años.


¿Qué opino yo? (Con destripes de los libros anteriores):

    Cuando una saga literaria abarca tantos volúmenes como esta es normal que no mantenga el mismo nivel en todos ellos, y esta vez ha sido la primera que he notado el cansancio de Maud a la hora de alargar la historia de Anne. Dicho esto, aclaro que me ha gustado, pero menos que los anteriores. Tampoco le ha hecho ningún favor a este título que su predecesor fuera uno de los mejores, si no el mejor, de todos. Seguramente influye que fuera el último que Maud publicó sobre Anne, aunque sea el sexto, en orden cronológico, según el tiempo interno del relato. 

    Las tramas de Anne parecen casi agotadas, de manera que el protagonismo pasa a sus hijos, nada menos que media docena, aunque los más pequeños aún no pueden lucirse como deben. El papel de nuestra querida pelirroja en este libro es el de madre y esposa, quedando relegada a un segundo plano, aunque también hay capítulos donde vuelve a a ser ella quien más importa. Curiosamente, en uno o dos de esos capítulos es donde más he sentido el relleno innecesario, además de en otro protagonizado por Rebecca Dew y Susan Baker que no aporta nada. Sin embargo, la mayoría me han atrapado como lo hicieron las historias añejas de Avonlea. La faceta más terrenal de Anne se pone al descubierto, y eso resulta una novedad, ya que junto a la soñadora idealista que lleva dentro se muestra más que nunca una mujer con los miedos mundanos más lógicos. 


«Todo está en los ojos del que mira, o en su conciencia».


    En ese sentido, una de las tramas que más me han atrapado es la de cómo afecta el paso de los años a un matrimonio. Gilbert no es aquel jovencito que la llamaba zanahoria ni ella es la niña que le rompió la pizarra en la cabeza. Llevan muchísimo tiempo juntos, están envejeciendo y Anne empieza a sentir un distanciamiento incómodo. El dolor de Anne ante esos pensamientos, el de Gilbert en cierta ocasión en que está a punto de perderla, la duda que se aloja tenaz en nuestro corazoncito por determinadas actitudes de él, hacen esta lectura más enriquecedora. Todo esto aporta algo más al mundo de Anne que antes desconocíamos, y tenemos que seguir leyendo, porque ninguno de nosotros desea un final triste para personajes a los que ya queremos tanto.

     En las páginas de Ana, la de Ingleside hay mucha melancolía. Lo notamos nada más empezar, cuando Anne se reencuentra con Diana y ambas recorren aquellos paisajes de Avonlea en los que tanto soñaron y jugaron. Las dos contraponen su vida actual con la pasada y, aunque se deja notar la añoranza, los logros conseguidos las llevan a considerarse dichosas. Ellas no han optado por una profesión, pero han construido dos familias llenas de ternura, pequeñas alegrías y grandes valores.


«No existen los días normales. Todos los días tienen algo que los demás no tienen».


    Me ha llamado la atención que por primera vez en estos libros vemos a una persona realmente tóxica. Antes había personajes que se oponían a la protagonista, pero este, la tía de Gilbert, es diferente. Es una de esas falsas víctimas que roban la energía a los que la rodean con las críticas, las quejas y la negatividad continuas. Ya veis que esto no es nuevo, ha existido siempre, y ni siquiera la vivaracha Anne Shirley Blythe puede escapar de ello. La descripción que hace Maud de cómo esta mujer va afectando el ánimo de toda la familia es impecable. Creo que tuvo que conocer muy bien a gente así para dar en el clavo de esta manera. 

    Los hijos de Anne me han suscitado mucha ternura, salvo Rilla, que me cae un poco mal. Lo cierto es que apenas aparece, pero cuando empieza a cobrar más importancia, es la que menos me gusta de todos. Espero que eso cambie, ya que el último libro de la saga está dedicado a ella. 

    Anne y Gilbert tienen tres niños (Jem, Walter y Shirley) y tres niñas (las mellizas Nan y Di y Rilla). Walter y Nan son mis favoritos. 


«A mí siempre me dan pena los niños que no pasan algunos años en el país de las hadas».


    No tenemos que cometer el error de comparar sus hijos con la Anne que conocimos en Ana, la de Tejas Verdes, ya que, aunque tengan algunos rasgos en común, son distintos y a ella es muy difícil igualarla. No obstante, merecen la pena por sí mismos, pese a que, en ocasiones, sus caracteres se parezcan demasiado entre sí. 

    Walter y Nan son los que más me han tocado la fibra sensible. Ambos son ingenuos e inocentes y anteponen el bienestar de otros al suyo propio. A Walter lo envuelve el halo de una sensibilidad especial, mientras que Nan se cree todo lo que le dicen y eso le ocasiona más de un disgusto. 

    Nan y Di, a pesar de ser mellizas, no se parecen en nada, ni físicamente ni en cuanto a comportamiento. La primera es castaña con ojos marrones y la segunda, pelirroja con ojos verdes. Di protagoniza algunas vivencias inquietantes que nos hacen pasarlo realmente mal. También, si no recuerdo mal, podemos ver por primera vez cómo funciona la maldad en los niños. Di toma una mala decisión y tiene la mala suerte de caer en la guarida del lobo. Se junta con los Penny y la actitud de estos me dejó bastante atónita. Cada vez estoy más convencida de que Maud conocía muy bien el mal que anida en el alma humana y las desdichas de la vida y por eso eligió mostrar en sus protagonistas el lado más amable, enfrentándolos al lado más crudo. 


    Jem es el rebelde inconformista, pero no está exento de dulzura. Más bien resulta encantador ver cómo se ablanda y se refugia en su querida madre después de sus arrebatos. 

    Shirley y Rilla aún son muy pequeños para decir mucho de ellos. Lo que he visto en Rilla es una tendencia a la vanidad y miedo al qué dirán, pero son defectos que se pueden pulir y estoy deseando comprobar en qué tipo de mujer se convierte. 

    Sé que los primeros libros de la saga son los favoritos de muchos, pero cuanto más avanzo, más realistas me resultan las historias. Anne sufrió mucho en su infancia, pero una vez que llega a Tejas Verdes no suele vivir grandes dramas, salvo la muerte de dos seres queridos. Por lo demás, tiene más alegrías que tristezas. Ahora me da la impresión de que ambas caras de la realidad están más igualadas, y no sólo para los adultos, sino también para los niños. No quiero decir que esto sea mejor, pero sí que resulta más humano. De todas formas, como dije antes, la saga ha dado un pequeño bajón. Tengo la esperanza de que el próximo libro, escrito muchos años antes, sea igual de bueno que los anteriores. Con todo, los libros de Maud tienen mucha más calidad que buena parte de la literatura actual, así que os animo a no abandonar. 


Puntuación: 3'5 (sobre 5)

Especial San Valentín: Aquellos escritores que también amaron (2ª parte)

14/02/2017
«Hacedlo todo con amor».

Corintios 16:14


     Hoy se alzarán muchas voces contra este día. Alegarán que es una festividad consumista, que todos los días hay que demostrar el amor que sentimos por nuestra pareja, etcétera, etcétera. Sin embargo, no sé si esos cínicos no se dan cuenta de que nuestra sociedad tiene la manía de dedicar un día a cada cosa que existe: la radio, las bicicletas, la amistad, que las mujeres trabajen, la salud mental, las enfermedades raras, el orgullo friki, el Medio Ambiente… Y nadie se queja por eso. ¿Por qué hacerlo por el hecho de que haya un día en el que se celebre que las personas amen? Mi consejo es que no vivamos amargados por todo; seamos felices de ver rosas rojas hoy, corazones, dulces de chocolate y sonrisas llenas de esperanza, e ilusionémonos con que esas sonrisas sigan cada día. La vida ya hará de las suyas, para bien o para mal, como pudieron comprobar las personas de las que voy a hablar, esos escritores que dieron rienda suelta al sentimiento más hermoso que existe, el que es fuerza y debilidad al mismo tiempo.
 
MIGUEL HERNÁNDEZ Y JOSEFINA MANRESA




    Miguel Hernández fue poeta, un poeta que, como muchos otros, tuvo la desgracia de que el azar le situase en la España franquista y morir cuando no debía. Vivió treinta y un años hasta que su estancia en distintas cárceles le hizo enfermar, primero de bronquitis, luego de tifus y, finalmente, de tuberculosis. Murió por la guerra, por el odio, pero vivió con amor.

    Antes de conocerse, tanto Josefina y Miguel habían experimentado muy bien los sinsabores de la vida. Desde niños, ambos trabajaban; él, como pastor de cabras; ella, como costurera primero y en una fábrica de seda después. Aunque ambos pudieron estudiar, Miguel no abandonó el pastoreo y, mientras tanto, leía poesía y se convirtió en autodidacta. Con veinte años obtuvo su primer y único premio literario.

    Los primeros poemas de Miguel llegaron hasta Josefina, que vio ejemplares de su obra a principios de 1933 y oyó hablar de él. Sin embargo, no se conocieron en persona hasta mediados de ese mismo año en la feria de Orihuela. Desde entonces, él la esperaba cada día a la salida del taller de costura para acompañarla. La muchacha ya le inspiró algunos de sus poemas de amor. Vivieron más de tres años de noviazgo, durante los cuales asesinaron al padre de ella por ser guardia civil. Sufrieron algunos altibajos en su relación, pero en 1937, en plena guerra, los jóvenes contrajeron matrimonio. Él tenía veintiséis años y ella, veintiuno. Miguel, que se había alistado en el bando republicano un año antes, tuvo que escapar durante un breve tiempo para casarse con ella por lo civil.

    A finales de 1937 nació su primer hijo, que murió pocos meses después. A principios de 1939, la pareja tuvo el segundo, pero ese mismo año, Miguel entró en prisión. Fueron muchas las cartas que se intercambiaron. Dicen las malas lenguas que él había amado a otras mujeres, como la artista Maruja Mallo y la poetisa María Cegarra, tras una ruptura con Josefina durante su noviazgo, pero lo cierto es que rompió con ellas, volvió con su primer amor y, desde la cárcel, le escribía casi cada día. Frente a la pasional Maruja se alzó la casta Josefina. Él se dirigía a ella como «mi querida nena», «mi querida esposa», «mi querida Josefinilla». Ella seguía siendo su musa, la principal destinataria de sus poemas de amor, aunque tenía que vivir sola con su hijo, una precaria situación económica y las cartas de él. Una vez, el poeta incluso tuvo que escribirle en un trozo de papel higiénico por no tener nada más.

     Miguel agonizaba, pero pocos días antes de morir en 1942 pudieron casarse por segunda vez, ahora mediante el rito católico. Según contó ella misma, esa boda fue muy dura, ya que él ni siquiera podía moverse de la cama.

    Josefina protegió el legado literario de su marido durante los años más difíciles del franquismo y, con la llegada de la democracia, dedicó su vida a la difusión de la obra de Miguel. Siguió trabajando y lidiando con problemas de glaucoma, hasta que en 1987 un cáncer de mama pudo con ella. Tenía setenta y un años. Hoy descansa junto a Miguel y uno de sus hijos en el cementerio municipal de Alicante.


    «Te confieso que he tenido una experiencia muy grande aquí y que me encuentro muy solo. He sabido que mujeres como tú hay pocas y he apreciado más tu valor de esta manera... Te quiero y te querré siempre, porque he nacido para quererte a ti sola. Encuentro y trato a muchas mujeres. Estoy a diario con mujeres que me hablan y a las que hablo de muchas cosas, y ninguna encuentro como tú, y mi corazón sólo te quiere a ti entre todas».


ROSALÍA DE CASTRO Y MANUEL MURGUÍA




    Rosalía de Castro es una de las conocidas más desconocidas de la literatura española. Siempre se estudia casi de pasada y no nos detenemos a ver qué difícil tuvo que ser la vida para ella. No sólo fue una mujer escritora en pleno siglo XIX, sino que se atrevía a escribir en gallego cuando el español era la lengua de cultura. Desde su mismo nacimiento, todo fue complicado para ella: se dice que fue fruto de las relaciones secretas de María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía con un sacerdote, por lo que en su partida de nacimiento puede leerse que era «hija de padres incógnitos». Sin embargo, su padre no se desentendió de ella y la dejó a cargo de sus dos hermanas, aunque, por su condición de eclesiástico, no pudo reconocer la paternidad. La familia de María Teresa, en cambio, impidió que se relacionara con su hija hasta que pasara el escándalo, por lo que la escritora no vivió con su madre hasta los quince o dieciséis años.

     No se sabe si Rosalía llegó a cursar estudios, pero eso no frenó sus ansias de expresarse a través de la escritura, pese a sus faltas de ortografía. En 1857, cuando tenía veinte años, publicó su primer libro de versos, que fue el que hizo que Manuel Murguía entrara en su vida. Era él colaborador en periódicos y revistas. Tras conocer ese poemario, escribió una crítica alabándola en La Iberia. Si él había llegado a conocerla antes de elogiarla públicamente, se desconoce, aunque algunos biógrafos opinan que sí, ya que en esos versos se nota aún la inexperiencia de la joven y las palabras de él podrían parecer excesivas. No obstante, en ese artículo, Manuel confesó percibir un gran talento y animó a la muchacha a seguir escribiendo. Tal vez fue el empujón que ella necesitaba; de lo que no cabe duda es de que él fue un enorme apoyo intelectual y social para ella, ya que la introdujo en el circuito literario de la época y se convirtió en su primer descubridor.

    Manuel confesó haber conocido a Rosalía ese mismo año, 1857, aunque hay testimonios que lo ponen en duda. El caso es que a raíz de la crítica de él y gracias a un amigo común, la pareja se fue acercando y en 1858 contrajo matrimonio. Él siempre creyó en la gran capacidad de ella y llegó a ser uno de sus principales biógrafos, aunque una agitada vida política los mantuvo separados durante largos intervalos de tiempo. Ella misma se lo llegó a recriminar alguna vez:

    «Tú ya sabes que cuando estoy enferma me pongo de un humor del diablo, todo lo veo negro, y añadiendo a esto, que no te veo, y nuestras circunstancias malditas cien veces, con una bilis como la mía, no hay remedio sino redactar una carta como ésta, precisamente cuando va dirigida a la persona que más se quiere en el mundo y a la única a quien se le pueden decir estas cosas».

    Tuvieron siete hijos, pero dos murieron demasiado pronto. Rosalía jamás se recuperó y vivió sumida en un tremendo pesimismo y continuas depresiones. Manuel escribió esto de ella:
 
    «Y es que en ella todo era extremo, vivo, intenso, y su corazón enfermo saltaba dentro del pecho con una violencia y un ruido que hacía estremecer».

     Para 1863, la autora ya había compuesto los Cantares gallegos, pero fue Manuel quien, con total desconocimiento por parte de su esposa, decidió entregarlos a la imprenta. El libro fue un gran éxito.

    La salud de la escritora gallega siempre fue frágil. Padeció un cáncer de cuello de útero que fue empeorando progresivamente desde 1883. Antes de morir en 1885, pasó tres días de inmensa agonía. Deliraba cuando pronunció sus últimas palabras, dirigidas a su hija Alejandra: «abre esa ventana, que quiero ver el mar». Sin embargo, desde donde se encontraba era imposible ver el mar, mar que siempre había sido para ella una tentación de suicidio. Murió con cuarenta y ocho años.

    Manuel continuó viviendo hasta 1923. Poco antes de morir destruyó las cartas que conservaba de su mujer. Dejó una nota en la que explicaba su decisión:
 
    «Verdaderamente la vejez es un misterio, una cosa sin nombre, cuando he podido leer aquellas cartas que me hablaban de mis días pasados, sin que mi corazón ni mis ojos sangraran, ¿para qué?, parece que me decían. Si hemos de vernos pronto, ya hablaremos en el más allá. Preparémonos a dormir nuestro eterno sueño, nuestro sueño de paz».
 


ARTHUR CONAN DOYLE Y JEAN LECKIE




    Esta fue una relación realmente curiosa, especialmente por el carácter de ella, de quien se dice que se comportó como una auténtica madrastra de cuento.

    Arthur tuvo un primer matrimonio con Louise Hawkins, con la que engendró dos hijos. La boda se celebró en 1885 y en 1893 a Louise le diagnosticaron tuberculosis. Pese a ser un marido atento, aparentemente preocupado por su salud, desde 1897 Arthur amaba a otra mujer, Jean, quien se convirtió en el gran amor de su vida. Lo suyo fue un flechazo, amor a primera vista.

     El escritor siempre insistió en que en vida de Louise la relación con Jean fue puramente platónica, pero lo cierto es que el romance existía y lo que Arthur y ella hicieron en la intimidad quedó entre ellos, o al menos así debería haber sido, porque Louise sospechó. Incluso avisó a su hija mayor que no debía sorprenderse si él se casaba de nuevo.

     Louise vivió hasta 1906. Arthur y Jean tuvieron el decoro de esperar un año para contraer matrimonio, después de diez años amándose en secreto. Él tenía cuarenta y siete años y ella, treinta y uno. Tanto la quiso él que, para complacerla, mantuvo lejos a los dos hijos que tuvo con Louise.

    Juntos fueron felices y tuvieron tres hijos. Cuando Arthur se convirtió en uno de los principales defensores de la causa espiritista, Jean pareció desarrollar unos extraños poderes de médium. Afirmaba que recibía mensajes de los difuntos de las dos familias, aunque nunca recibió ninguno de la pobre Louise. 

    Juntos organizaron sesiones de espiritismo, una de las cuales suscitó un tremendo disgusto a su entonces amigo Houdini, ya que Jean, supuestamente poseída por el espíritu de la madre del mago, escribió una carta dirigida a este. El problema es que estaba en inglés, lengua que la mujer nunca conoció. Arthur y su esposa alegaron que los muertos se hacen más cultos con el tiempo y que, por tanto, la madre de Houdini debió de aprender la lengua anglosajona en el cielo.

      Así vivieron hasta la muerte de Arthur en 1930. La mayor parte del patrimonio del autor fue para Jean y sus tres hijos. Ella le sobrevivió diez años. En sus memorias, él había escrito estas palabras referidas a Jean:

    «El 18 de septiembre de 1907 me casé con la señorita Jean Leckie, la hija más joven de una familia de Blackheath a la que conocía desde hacía años, y que era una querida amiga de mi madre y hermana. Hay algunas cosas que uno siente demasiado íntimamente para poder expresar, y sólo puedo decir que los años han pasado sin que una sombra llegue a estropear por un momento el sol de mi verano indio que ahora se profundiza hasta un otoño dorado».

 
ANTONIO BUERO VALLEJO Y VICTORIA RODRÍGUEZ



    Él era dramaturgo y ella, una dama del teatro. Todo estaba predestinado para que se conociesen. Cuando apenas contaba con veintidós años, Victoria recibió un telegrama en el que le ofrecían un papel en una obra de Buero en el Teatro Nacional María Guerrero. Nunca se habían visto, pero para entonces, Antonio, con treinta y ocho años, ya era un autor consagrado. Victoria no dudó y dijo sí a su participación en el drama, cuyo título era Hoy es fiesta. Corría el año 1956. 

    Se conocieron en los ensayos. Él acudía todos los días y después se iban a tomar algo al Café Gijón, primero en grupo y más adelante, solos. Victoria creía que Antonio iba a los ensayos por otra chica, una salvadoreña de quien ella misma dijo que era bellísima, pero era Victoria quien se estaba ganando su corazón. 

    Ella le hablaba de usted y él, por educación, le pagaba alguna que otra consumición, igual que a otras actrices, pero sólo a ella le hizo llegar el día del estreno una bonita caja de tela llena de terrones de azúcar. Antonio tenía miedo de formar una familia que viviera sólo del teatro, pero finalmente sus sentimientos por ella fueron más fuertes y se le declaró. Ella aceptó y se casaron en 1959. 

    Su viaje de novios por Andalucía duró un mes y su vida de casados transcurrió con una rutina deliciosa para ellos. Ella representó algunas obras de él. Vivían el día a día. A él le gustaba estar en pijama y escribir en la mesa del salón, aunque tuviera a sus dos hijos correteando por allí. Nunca quiso preocuparla hablándole de su sufrimiento anterior en la cárcel a causa del franquismo, aunque no olvidó a los que allí había conocido, como Miguel Hernández. Pese a todo, Antonio siempre fue un hombre optimista. 

     Victoria siempre lo acompañó en ese mundo al que ambos pertenecían, el del teatro, pero en el que él tenía la mayor fama. Llegaron a vivir malos momentos por culpa de la dictadura franquista, hasta el punto de tener que marcharse meses a Estados Unidos para poder seguir viviendo. En las dificultades permanecieron unidos. 

    En 1986, su segundo hijo, Enrique, murió en un accidente. Años más tarde Victoria confesó que uno se acostumbra a vivir con ello, pero jamás se supera; ni ella ni Antonio lo hicieron, pero tenían que seguir viviendo. Lo hicieron juntos y con tanto amor como siempre se habían tenido. 


    Antonio murió en el año 2000 con ochenta y tres años a causa de una parada cardiorrespiratoria. Se despidieron en el mismo lugar en que se habían conocido, el Teatro María Guerrero, donde él tuvo su capilla ardiente. Victoria, que nació en 1931, continúa viva. En una entrevista de 2016 declaró esto: 

    «Aún le amo demasiado. Antonio fue todo en mi vida. Hace ya dieciséis años que murió y aún está presente en todos los rincones. Entre los libros, los cuadros o en los dibujos que lucen orgullosos en las paredes. En cualquier parte».

 
LOUISA MAY ALCOTT Y HENRY DAVID THOREAU



    Este fue un amor no correspondido que empezó a una edad muy temprana y duró algunos años. Louisa tenía sólo ocho años cuando su familia se trasladó a Concord, en Massachusetts. Fue allí donde la célebre autora compuso su primer poema, inspirado en un humilde petirrojo, pero también donde conoció a Henry, que era quince años mayor que ella. A Louisa le encantaba pasear cerca de la casa de la familia Thoreau, situada en lo más recóndito del pequeño valle en el que vivían. 

    Con la llegada de Nathaniel Hawthorne se formó un grupo inseparable de amigos e intelectuales: el propio Hawthorne, Louisa, Henry y Ralph Waldo Emerson. Los tres mayores permitían a la joven acceder a sus bibliotecas. Ella cada día disfrutaba más de sus conversaciones con Henry. 

    La familia Alcott vivió algunos apuros y tuvo que mudarse durante un año. A su vuelta, Louisa recuperó su alegría anterior y retomó el contacto con sus antiguos amigos. En 1846, la autora tenía catorce años. Fue cuando cayó enamorada de Henry, a quien siempre había admirado. Él, en cambio, ni se había dado cuenta de lo que le pasaba a ella por la cabeza, aunque Louisa era feliz estando a su lado, escribiendo sus primeros cuentos y leyendo a sus autores preferidos. 

    Pasaron los meses y Louisa empezó a publicar. Henry vivía solo en una casa que se había construido a orillas de un lago. Seguía sin dar muestras de tener ningún sentimiento especial por Louisa, más allá de una amistad. Ella empezó a perder las esperanzas y a pensar que no volvería a enamorarse nunca. 

    Un día, la muchacha fue con su familia a visitarlo a su cabaña. Fue el día en que más cerca estuvo de declarársele. Caminando los dos solos, él le tomó la mano. Luego dieron un paseo en barca durante el cual él tocó algunas melodías con su flauta. Desembarcaron en un prado lleno de flores y estuvieron recogiendo algunas. Cuando estaba llegando el ocaso, tras una caminata por el bosque, regresaron con el resto del grupo. Louisa no sólo no le había dicho nada, sino que se dio cuenta de que nunca sería para él nada más que una amiga. 

    Los Alcott tuvieron que volver a mudarse y la carrera de Louisa fue despegando. En 1862 ella supo que él estaba enfermo. Llevaba ya años padeciendo una tuberculosis. Quizá su pasión ya no era la misma, pero seguía sintiendo un enorme afecto por él. Era el primer hombre del que había estado enamorada. Louisa sabía que verle en ese estado le provocaría un enorme dolor, pero quería visitarlo. 

    Henry ya no podía levantarse de la cama. Cuando alguien iba a verlo, se hacía llevar hasta la puerta de su casa para que le sentaran allí y evitarle al visitante un mal trago al verlo postrado en el lecho. Así debió de verle ella por última vez. Su gran amigo y mentor murió con cuarenta y cuatro años, el 6 de mayo de 1862. 

    Años después, Louisa conoció a un joven, su Laddie, que le recordaba mucho a Henry, pero esa es otra historia. 


Si tenéis un ratito, contadme si conocíais estos romances. ¿Os ha llamado la atención alguno? 

La dama de blanco

12/02/2017
 

     Wilkie Collins empezó a escribir esta novela en 1859 y fue publicándola por entregas durante ese año y el siguiente en la revista All the Year Round. Se editó en forma de libro por primera vez en 1860. 

     En España está publicada hoy por hoy por Penguin Clásicos en una edición en tapa blanda con 880 paginas. Su precio es de 12'95 euros. Con el título de La mujer de blanco lo han publicado Alianza Editorial (14'50 euros, 832 páginas) y Verticales de Bolsillo (10 euros, 768 páginas), ambas también en tapa blanda.

     La historia se ha llevado en varias ocasiones a la pequeña y gran pantalla: existen dos versiones mudas, de 1917 y 1929 respectivamente, una producción británica de 1940 que lleva por título Crimes at the Dark House, una película titulada La mujer de blanco de 1948, otra de 1997 y una miniserie de la BBC del año 1982.

¿De qué va?: 

    Walter Hartright se traslada a Limmeridge para dar clases de dibujo a Laura, una joven y rica heredera, sobrina del barón Frederick Fairlie. Poco antes de irse, tropieza con una misteriosa dama vestida de blanco que le habla de Limmeridge y de su propietaria fallecida, la señora Fairlie. Desde el principio, Walter siente una gran atracción por Laura, quien está prometida con sir Percival Glyde, que sólo busca arrebatarle su herencia, pero se interpone en su camino la misteriosa dama de blanco.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    Mi primera incursión en la obra de Wilkie Collins fue con Marido y mujer, y no me gustó. Eso hizo que tardara en animarme con otro de sus libros, a pesar de tener pendiente La dama de blanco desde hacía bastante. Ni siquiera las buenas críticas me resultaban lo suficientemente persuasivas para aparcar otras novelas y centrarme en esta de Collins. Sin embargo, después de pasarme demasiado tiempo retrasando lo inevitable, a finales de 2016 por fin me decidí a leerla, y ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes, pero como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. 

   Mientras que en Marido y mujer el estilo me pareció alambicado y la historia con escaso interés para mí, La dama de blanco me atrapó desde el primer instante con una prosa cuidada pero precisa y un enigma que no tarda en empezar a desarrollarse y complicarse.

   El inicio de la novela ya es un acierto pleno; la misteriosa aparición de una extraña mujer vestida de blanco su encuentro con uno de los protagonistas me dejó con tantas preguntas y curiosidad como a él. Ella es la primera baza del escritor para atrapar al lector, sobre todo porque cada vez que se hace mención a ella o vuelve a estar presente en la acción, el desasosiego se apodera tanto del resto de personajes como de nosotros mismos y se logra que la intriga sea permanente hasta el final. Es uno de los cebos mejor usados que he encontrado nunca en un libro. 

    No obstante, tengo que criticar a Collins por el frío trato que le dispensa a un personaje que tanto le ha aportado, ya que para todos los que desfilan por la obra, esta rara muchacha es simplemente un medio para obtener o descubrir algo, incluso para los protagonistas. De estos tengo muchas cosas que decir, y bastante desiguales, por cierto. Mientras me quito el sombrero ante nombres como los de Marian Halcombe y el conde Fosco, me pregunto en qué estaba pensando Collins cuando creó a Laura Fairlie, otra insulsa más que se incorpora a la amplia lista de seres soporíferos y planos que pueblan la literatura. Es una de esas damitas que se desmayan, lloran con frecuencia y parecen resignadas a sufrir un destino cruel, aunque muchos de los que las rodean las adoran porque sí. 


     Con todo, Laura y la mujer de blanco son el motor que hace actuar a los demás, si bien hay que tener en cuenta la gran diferencia entre ellas, ya que la segunda hace que sucedan las cosas, mientras que la primera es un pasmarote que mira cómo pasan. A su lado, Marian, valerosa, inteligente y decidida, brilla muchísimo más. Sola y sin medios y apoyos apropiados afronta los grandes peligros que una inteligencia retorcida y elevada va tejiendo en torno a ella y su hermana. Me resulta muy curioso que no tenga pelos en la lengua a la hora de expresar la baja estima que siente por las de su sexo, pero, para ser justos, también les toca a los hombres su ración de crítica. 

    La narración de Marian es una de las partes que mejor nos dejan apreciar la atmósfera catastrofista y el modo en que ella y Laura se van viendo acorraladas. Junto con la de Walter es mi favorita, y es que el libro se estructura a través del relato de distintos narradores, algunos de los cuales son protagonistas directos y otros, meros observadores. De este modo, el estilo se va amoldando a los rasgos del personaje que narra, aunque nunca se pierde de vista que es la mano experta de Collins la que está detrás, es decir, que cada palabra está colocada donde y como tiene que estar. 

    Al principio me fastidió un poco ese cambio de narrador, sobre todo porque el tito Fairlie se me hacía insoportable y no llevé bien su parte, pero todo tiene su explicación: vamos comprobando que gracias a esos cambios, todo acaba encajando a la perfección. Cada uno de esos personajes tiene algo que aportar, incluso el más insignificante. 

    Walter Hartright es uno de esos protagonistas que van ganando puntos conforme avanza la historia, cuando deja de ser un alma en pena y empieza a mover fichas. Sin embargo, la evolución de sus sentimientos, que oscilan entre el amor pasional y el fraternal según el estado mental de su amada, no me ha convencido en absoluto, como tampoco lo ha hecho la historia de amor en sí. Esta es la parte más débil del argumento. Incluso, casi al final, hay un fallo muy importante de tipo legal relacionado con esa relación. Quizá esté equivocada, pero se ve de forma tan obvia que no creo que sea algo que sólo haya captado yo. Más bien parece un despiste del autor, aunque sea raro. 

    
     Afortunadamente, el resto de la trama compensa con creces estos flecos más flojos y, por si esto fuera poco, en las páginas de La dama de blanco vive uno de los mejores malos de la literatura, el fascinante y ambiguo conde Fosco. No quiero hablar demasiado de él, porque es alguien que un lector debe conocer y descifrar por sí mismo, así que me limitaré a los aspectos más superficiales. 

    Antes de empezar la lectura de la novela, había escuchado tantas cosas de él que estaba deseando conocerlo. Tengo la mala costumbre de imaginarme a los malos con un físico impresionante, atractivos e imponentes, y eso aumentó mi sorpresa cuando por fin vi cómo era. Absolutamente nada de lo que me había figurado sobre él se cumplió. Realmente, él y Marian son los que confieren más calidad a este título, los que más merecen ser recordados una vez terminada la última página. 

    Como habéis podido suponer, no niego que cambiaría algunas cosas, especialmente el final de uno de los personajes, pero estamos ante una novela que mantiene el suspense hasta el desenlace y se ha ganado por derecho propio su lugar entre los grandes clásicos de la literatura. 


Puntuación: 4 (sobre 5)

Lorna Doone (miniserie)

15/01/2017

            
              Estreno: 2000                                                               Género: Drama de época
              Cadena: BBC                                                                  Episodios: 3
              Duración por episodio: 50' aprox.                              País: Reino Unido


¿De qué va?:

    Cuando todavía es un niño, John Ridd presencia la muerte de su padre a manos de los Doone, una familia de poderosos que siembra el caos en la región en tiempos de Carlos II de Inglaterra sin que nadie pueda actuar contra ellos. Sin embargo, el encuentro casual de John con una niña llamada Lorna es el punto crucial para cambiar la partida, especialmente cuando ambos crecen y viven un romance prohibido.


¿Qué opino yo? (Sin destripes):

    Esta no es la mejor producción de la BBC, la más original o la que más presupuesto ha tenido, pero a veces el encanto radica en la sencillez, y eso es lo que sucede con esta miniserie. La leyenda de Lorna Doone no es para cualquiera; no está hecha para aquellos escépticos que creen que el amor tiene fecha de caducidad ni para las personas que tienen un concepto mundano y desangelado del mismo. Los tres capítulos giran en torno a un romance casi de ensueño; de esos que todo lo pueden, por más obstáculos que tenga que vencer. Ni siquiera hacen falta personajes profundos para que el amor sí lo sea. En ese aspecto me recuerda un poco a La princesa prometida. No se requieren largas conversaciones ni múltiples encuentros para que los personajes caigan víctimas de Cupido. Los dos protagonistas se ven una vez de niños y, al reencontrarse de adultos, se reconocen, se recuerdan y se enamoran.

    Por supuesto, no hay cuento sin villano, y el de aquí no lo va a poner nada fácil, porque su relación con la protagonista es demasiado estrecha.

    Por más que nos gustase, nada es nunca idílico, y el trasfondo histórico muestra una rudeza y una crueldad que se entremezclan con el romance. Las injusticias sociales, la corrupción de los poderosos, el abuso de fuerza y el desamparo de los más débiles quedan expuestos.

    La rebelión del duque de Monmouth y el enfrentamiento entre católicos y protestantes forman, igualmente, parte de la historia.

    Da rabia observar el comportamiento de los Doone y de aquellos que los protegen, sobre todo porque, por más tiempo que pase y más nos parezca que han cambiado las cosas, siempre habrá gente así. Empezamos el primer episodio compartiendo el dolor y la impotencia de John y su familia y, por mi parte, no he dejado de sentir admiración por la resolución que toman ante lo que los Doone les han hecho. Siempre he pensado que lo peor que pueden hacer los malos es lograr que nos volvamos como ellos, y por eso me ha gustado mucho cómo empieza y termina esta miniserie


    Asimismo, me ha encantado el personaje de John, mucho más complejo, a mi parecer, que el de Lorna, que resulta bastante plano. John posee una integridad, una honradez y una bondad que se oponen a todas las características de los Doone, y aunque podamos caer en el pensamiento de que los buenos son muy buenos y los malos, muy malos, hay matices que demuestran que no es exactamente así, al menos no con todos los personajes. Como ejemplo, tenemos las dudas de John en más de una ocasión, vemos que su impulso primario es la venganza, que en algún momento pierde la confianza, etcétera. En el bando de los Doone comprobamos que en medio de toda la maldad de Ensor hay espacio para el cariño. 

    
    Además de las dificultades de John y Lorna y del trasfondo del que ya he hablado, también hay espacio para las tramas protagonizadas por los secundarios, aunque carecen de la relevancia de lo anterior.

   Richard Coyle compone un perfecto John Ridd; no podría imaginarme a otro en el papel. Transmite perfectamente la dulzura de su personaje, y su sonrisa ayuda mucho. Hay personas que, simplemente, tienen una sonrisa atractiva y transmiten mucho con ella. Ya lo comenté en el caso de Daniel Lissing (When calls the heart) y he vuelto a pensar lo mismo en esta ocasión con Richard.

    Sin embargo, no puedo decir cosas buenas de su pareja en la ficción, Amelia Warner, pues tanto su interpretación como el personaje en sí de Lorna me ha resultado algo insípidos. No sé cómo esa chica levanta tantas pasiones, pero al menos no tiene mal corazón. Si acepto a personajes femeninos como Buttercup y Arwen, puedo aceptar a esta.

   Hay algunos secundarios que hoy por hoy son muy conocidos, como Barbara Flynn (Cranford, Esposas e hijas), Peter Vaughan (Juego de Tronos, Lark rise to Candleford) y Joanne Frogatt (Downton Abbey). También sorprende un imberbe y casi adolescente James McAvoy, aunque su aparición es anecdótica.

    Algunas escenas, como las de las batallas, no están a la altura de lo que la BBC nos tiene acostumbrados, pero son pasables. No obstante, compensan un vestuario más que aceptable y los bonitos paisajes. Exmoor es el lugar en el que se desarrolla la acción y la miniserie nos deleita con algunas escenas de montes, ríos y cascadas. La banda sonora resulta agradable y acompaña bien los distintos momentos.

    Yo vi los tres episodios seguidos y no se me hicieron pesados, aunque no todas las partes transcurren con la misma fluidez. Quizá el más flojo es el primero, ya que se centra más en cómo se forja el romance, mientras que los otros dos tienen más acción y mayor tensión dramática.

    No hay que esperar una producción espectacular. Si buscáis eso, os decepcionaréis. Es, sencillamente, una historia entretenida, de justos e injustos, y para seguir creyendo que existe el amor incondicional e imperecedero.

Puntuación: 3 (sobre 5)
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